Alberto Velasco propone quedar en un lugar muy concreto: frente a la escultura Mujer con espejo, de Fernando Botero, una señora de bronce tumbada todo lo larga y lo ancha que es en una isleta entre el endiablado tráfico de la plaza de Colón de Madrid. “Hasta Botero, un artista que representaba a personas gordas, era gordófobo porque decía que no eran gordas, sino voluptuosas”, arguye, entre serio y divertido. El caso es que el modelo, y el emplazamiento, es un festín para el fotógrafo, que, con su complicidad, se aprovecha a fondo de su flexibilidad, en todos los sentidos, y lo pone a hacer escorzos en plena calle para las fotos. Velasco, de 44 años, que en 2021 escribió una especie de autobiografía bajo el título Pobre, gordo y maricón, dice ser y no ser la misma persona que entonces. Vamos por partes.
LA DANZA COMO LLAVE DEL CUERPO
Alberto Velasco (Valladolid, 44 años) empezó a bailar de muy niño. Jotas y bailes populares con las mujeres mayores de su pueblo vallisoletano. Pero fue la coreógrafa Marta Carrasco quien, a los 20 años, le enseño el camino de su futuro: la danza. Un territorio que creía vedado por su físico y que, al final, resultó ser su salvoconducto al mundo del arte. Creador de espectáculos dancísticos como Vaca y Moviendo montañas, y del libro Gordo, pobre y maricón, ahora presenta su espectáculo Sacresize, en los teatros del Canal de Madrid, a partir del 27 de mayo.

