El abrazo de Troya

elDiarioAREl Diario Ar23/05/202617 Views

Sobre la apuesta sinuosa de la película “No Matar”, de Juan Villegas, a una nueva etapa de la memoria en clave de reconciliación.

Con su película No Matar, Juan Villegas se propone contribuir a una nueva etapa de la memoria que imagina superadora de las anteriores. Sin embargo, el film resulta mucho más nítido en su visión sobre los setenta que al definir su posición sobre el futuro. La apelación central es a empatizar con las víctimas de las guerrillas, pero la estrategia argumental resulta elusiva para identificar la propuesta política del film. Aun así, es posible analizar No Matar como un dispositivo de intervención en los debates sobre la memoria que abona una nueva etapa en clave de reconciliación con algunos rasgos novedosos. 

El abrazo civil como táctica

La exhortación inicial de la película, en letras blancas sobre fondo negro, dice: “Es hora de empatizar de una vez por todas con el dolor de los familiares de las víctimas de la guerrilla”. La empatía, una noción nodal del film, es un concepto ajeno a los términos del debate histórico-político, importado del campo de la inteligencia emocional. Al no hablar de perdón, reconciliación o derechos humanos, este imperativo elude una inscripción directa o literal en los programas de memoria ya establecidos. 



La demanda de empatía es con el dolor de los deudos de cualquier persona asesinada por las organizaciones políticas que optaron por la lucha armada. Sin embargo, para construir esa emoción, Villegas presenta sólo testimonios de familiares de víctimas civiles, que fueron la minoría. Explicó que asumió “una estrategia de empatizar más fácil con una víctima civil”, aunque él considera que las muertes de civiles y militares son “igual de repudiables”. Al respecto, señaló: “Sentía que, si incluía militares o policías, o incluso políticos, era más fácil que la película fuera atacada desde el lugar de querer igualar, o de plantear la idea de dos bandos”. 

A casi cuatro horas de película, la escena en la que más claramente se realiza el llamado a la empatía tiene lugar cuando Delia Lozano -hija de Domingo Lozano, un gerente de Renault Córdoba asesinado por la guerrilla- narra una situación en la que su hija se abrazó con un hijo de desaparecidos: “Y este abrazo de estos dos jóvenes, uno hijo de desaparecidos y la otra mi hija, era como un sello, ¿no? Como un cierre de algo que dolía mucho, pero que en ese abrazo encontraba una paz”. 

La secuencia nos llama a concentrarnos en las emociones compartidas y no en las circunstancias concretas de cada muerte o desaparición. La experiencia de la victimización aparece como el denominador común que debe prevalecer, mientras se diluyen las condiciones disímiles que constituyeron a cada quien en familiar de una víctima. 

En la pantalla, el abrazo es solo con familiares de víctimas civiles. Sin embargo, si tomamos en cuenta la explicación de Villegas sobre cómo seleccionó a los familiares, los bordes de su propuesta se vuelven difusos. Al explicar que la exclusión de militares fue una decisión táctica y defensiva, el director introdujo una ambigüedad sobre la estructura argumental de su propia película: la posibilidad de que, en última instancia, el gesto de empatía hacia un trabajador civil resulte intercambiable por el que se le debe dispensar a un represor.  

¿Empatía o empate?

La película no se titula “Empatizar”, sino justamente No Matar. La premisa que ordena es el repudio a la lucha armada de los 70 en la Argentina, que se torna un rechazo a la violencia política y se expande hacia el pensamiento revolucionario en general, señalado como un camino necesariamente destinado al desastre, tanto si es derrotado (como en la Argentina) como si logra imponerse (como en Cuba). 

Si solo de construir empatía con las víctimas se trataba, la película podría haber prescindido de los extensos testimonios de los exguerrilleros Sergio Bufano y Aldo Duzdevich (y del músico Emilio del Guercio). Sin embargo, atravesar las horas de sus relatos contra la lucha armada antes de llegar al núcleo de los testimonios de familiares de las víctimas civiles produce un efecto acumulativo: la empatía deviene en empate. El empalme entre la emoción de las víctimas con la condena cerrada a las organizaciones políticas armadas de los 70 hace que en escenas como la del abrazo se refuerce el efecto de equivalencia, una de las operaciones más fuertes y a la vez, más elusivas del film. La paridad es la figura; las asimetrías, trasfondo.  

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