Mientras esperamos ilusionados y expectantes el eclipse del 12 de agosto, nos sale al paso hoy día 6 el aniversario de otro momento en el que el sol quedó ocultado, aunque no por la luna sino por un destello terrible desatado por la propia humanidad. El fulgor del estallido de la bomba atómica de uranio Little Boy sobre Hiroshima fue, parafraseando al padre del artefacto, J. Robert Oppenheimer, que a su vez citaba el Bhagavad-gita, como “el brillo de mil soles” e hizo desaparecer del cielo la luz del astro rey engullida por otra deslumbrante, cegadora que se vino encima de los habitantes de la ciudad japonesa (murieron en un instante 80.000 personas, y luego otras docenas de miles por envenenamiento radioactivo). A ese eclipse de luz, en el que la temperatura en el epicentro de la explosión alcanzó varios miles de grados centígrados, casi tanto como la de la superficie del sol, siguió otro de sombra al tapar a nuestra estrella la columna en forma de hongo de la explosión y elevarse al cielo nubes de polvo y detritos creando sobre la ciudad sacrificada una noche artificial en la que empezó a caer la famosa lluvia negra de gotas radioactivas. El eclipse de Hiroshima en el alba de la era atómica.
