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El auge de los clubes de lectura: leer para escapar de la lógica del rendimiento

Entre la virtualidad heredada de la pandemia y el regreso a los encuentros presenciales, miles de personas encuentran en la literatura un espacio para detenerse, pensar y compartir un placer sin utilidad aparente.

Hay un recorte de una entrevista que circula en Instagram. Un periodista joven le pregunta a Sebastián Wanraich: “¿Por qué sos hincha de fútbol si no sirve para nada?”. Él responde sin dudar: “Justamente por eso, porque no sirve para nada”.

David Foster Wallace, uno de los ensayistas más lúcidos del siglo XX, concebía la lectura como un antídoto frente a la gratificación instantánea. En un mundo gobernado por los algoritmos, los likes y la necesidad de que todo produzca algún tipo de rendimiento, leer se parece bastante a la respuesta de Wanraich: no promete ninguna recompensa tangible más allá del placer.

Quizá por eso los clubes de lectura viven un momento de expansión. Se multiplican en bibliotecas populares, librerías, centros culturales, cafés y plataformas virtuales. Los hay dedicados a la literatura argentina, a los clásicos, a la poesía o a una única novela que se lee durante meses. Algunos reúnen vecinos de un mismo barrio; otros conectan lectores de distintas ciudades e incluso de distintos países.

La pandemia fue un punto de inflexión. La virtualidad permitió que personas que hasta entonces leían en soledad encontraran una comunidad. Después, con el regreso de la presencialidad, esos mismos espacios comenzaron a poblarse otra vez de encuentros cara a cara. En ambos casos, la lectura dejó de ser una experiencia exclusivamente íntima para convertirse también en una práctica compartida.

¿Qué explica este fenómeno? En una época marcada por la velocidad, la hiperconexión y la productividad permanente, cada vez más personas eligen reservar algunas horas del mes para hacer algo que no mejora el currículum, no genera ingresos y no promete ningún beneficio material: leer y conversar sobre literatura.

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