Argentinos.es

El hallazgo de restos humanos de más de 10 mil años en la Patagonia que abre el debate sobre cómo se pobló América

Mario Arriagada no estaba buscando nada. Estaba construyendo una casa en Camarones, un pueblo de poco más de mil habitantes sobre la costa norte del golfo San Jorge, en Chubut. Las paredes ya estaban levantadas. Lo que faltaba era nivelar el terreno para el jardín. En octubre de 2020, en plena pandemia, dos personas contratadas para cavar comenzaron a mover tierra. A poca profundidad, la pala tocó algo. Eran fragmentos de hueso. Humanos, claramente humanos. Nadie imaginaba entonces que ese jardín sin terminar iba a convertirse en una de las evidencias más antiguas del poblamiento humano de la costa atlántica, y en un argumento inesperado en uno de los debates más apasionantes de la arqueología americana.

El hallazgo se produjo en plena pandemia y desde entonces hubo tres campañas para extraer todo el material arqueológico

Arriagada, que es secretario de gobierno del municipio, hizo lo que manda la ley: avisó a la policía local. La policía recogió los restos expuestos y dio aviso a la Subsecretaría de Cultura de la provincia. La ley V/160 de Chubut -el protocolo de tratamiento de restos humanos arqueológicos- establece que ante un hallazgo así deben convocarse arqueólogos, representantes de la Dirección de Pueblos Originarios y un delegado de las comunidades indígenas de la zona. Nadie sabía todavía si los huesos tenían 50 años o 10 mil.

Julieta Gómez Otero recibió el llamado en Puerto Madryn. Investigadora del Instituto de Diversidad y Evolución Austral del CONICET, lleva décadas estudiando la arqueología de la costa patagónica. Camarones le quedaba a poco más de dos horas. En circunstancias normales, hubiera organizado un equipo. Pero no eran circunstancias normales: el país llevaba meses bajo restricciones estrictas de circulación y Camarones, sin un solo caso de COVID-19, recibía a los foráneos con desconfianza comprensible. “Nos dieron un permiso especial para dos personas”, recuerda. “Éramos los únicos que podíamos ir”, agrega.

La primera visita

Cuando Gómez Otero llegó al terreno de los Arriagada, los restos extraídos por la policía ya estaban en custodia en la comisaría. En el lugar quedaban otros fragmentos, todavía en la tierra. Limpió con cuidado. Había más de lo que esperaba. Y había algo que, para un ojo entrenado, hablaba con claridad: algunos huesos estaban teñidos de rojo.

“El pigmento rojo, el ocre, es una costumbre funeraria distribuida en todo el mundo desde hace por lo menos 15.000 años”, explica Gómez Otero. “Las personas de los pueblos ancestrales depositaban esa tierra de colores sobre los restos humanos”, dice. No era una señal de antigüedad en sí misma, pero era una señal de que lo que había allí no era reciente. Junto al ocre aparecieron cuentas cilíndricas de hueso, huecas, pequeñas. Hueso de ave, casi con certeza. “Ahí dijimos: esto es parte de un ajuar funerario.”

Pero había algo más que complicaba el panorama: entre los fragmentos asomaba un segundo cráneo. Lo que parecía un entierro individual era, en realidad, al menos doble. Y eso cambiaba todo el protocolo. Había que volver a consultar a las autoridades de cultura y de pueblos originarios. Había que negociar de nuevo los términos de la intervención. Gómez Otero y su colega se fueron sin terminar la excavación.

La casa de los Arriagada quedó tal cual. El jardín, sin nivelar. El terreno, protegido con estructuras de madera y plástico. Mario Arriagada y su esposa Analía Amado decidieron no tocar nada.

Tres temporadas, dos niños

El trabajo se extendió a lo largo de tres temporadas de campo -noviembre y diciembre de 2020, marzo de 2022- y sumó en total apenas seis días de excavación. En la segunda temporada, con un equipo de cuatro personas, comenzó a aparecer la imagen completa. Debajo de los fragmentos revueltos por la pala había un esqueleto en posición lateral, casi articulado. Era un niño de entre 8 y 9 años. Sobre sus huesos y alrededor de ellos, el ocre rojo cubría todo: los restos, las cuentas, los sedimentos, incluso algunos guijarros. A pocos centímetros, una pequeña estructura de combustión -ceniza compacta, suelo quemado, gravilla- marcaba un punto que nunca se aclaró del todo: no se pudo determinar si era contemporánea al entierro o posterior.

El segundo individuo era más grande. Tenía entre 12 y 15 años, y había sido enterrado en un pozo diferente, más profundo, contiguo al primero. Cuando en la tercera temporada se completó la extracción, la imagen final fue inequívoca: dos fosas de entierro distintas, dos niños, dos momentos separados por el tiempo.

Las muestras fueron enviadas primero a un laboratorio de la Universidad de Arizona. Los resultados llegaron y nadie los creyó. Las fechas eran tan antiguas que el equipo asumió que debía haber algún tipo de contaminación. “Dijimos, a lo sumo tienen 2.000 años”, recuerda Gómez Otero. “Estamos a 300 metros del mar. Nunca pensamos que íbamos a encontrar algo tan antiguo”, añade. Las muestras viajaron entonces a un segundo laboratorio, en Pennsylvania. Los números se confirmaron y, esta vez, con una diferencia que el primero no había podido detectar: los dos niños no habían sido enterrados al mismo tiempo. El más pequeño, el del ocre y las cuentas, había muerto aproximadamente 400 años después que el otro.

El niño mayor llevaba muerto 10.798 años calibrados antes del presente. El menor, 10.210.

La costa que desapareció

Para entender por qué el hallazgo de Camarones sacudió a la comunidad arqueológica, hay que imaginar el mundo tal como era hace 11 mil años. El planeta salía de la última glaciación. Grandes masas de hielo cubrían las latitudes altas del norte y el sur. La temperatura global era entre seis y ocho grados inferior a la actual. Y el mar, sin el agua que hoy circula en forma de lluvia y evaporación, estaba entre 40 y 60 metros por debajo de su nivel presente en esta latitud. La costa atlántica patagónica no estaba donde está hoy. Estaba, se estima, unos 170 kilómetros más al este.

Cuando el hielo comenzó a derretirse, el nivel del mar subió. Y todo lo que existía sobre aquella costa antigua quedó bajo el agua. “Si hubo una ruta de poblamiento por esa vía, lo más probable es que esté bajo el agua”, dice Gómez Otero. “Y es imposible investigarlo. Primero porque es carísimo, después, ¿quién te asegura que lo vas a encontrar con tantas corrientes, con tantos cambios?”.

Esa es la razón por la que la costa atlántica patagónica no había entregado hasta ahora evidencias del poblamiento temprano. No necesariamente porque nadie hubiera pasado por allí, sino porque el registro físico de ese pasaje probablemente duerme en el fondo del mar. El sitio más antiguo conocido hasta este hallazgo en la costa atlántica de Patagonia tenía apenas unos 7.000 años. En el interior del continente, en cambio, hay sitios de casi 14.000 años en el centro-oeste de Santa Cruz, y uno recientemente estudiado en el norte de Tierra del Fuego -del lado chileno, cerca de Río Grande– que arrojó una edad calibrada de casi 13.000 años.

Entonces, ¿por qué Camarones conservó lo que el resto de la costa no pudo? La respuesta es geológica. A diferencia de la mayor parte del litoral patagónico, donde predominan sedimentos blandos y costas de relieve suave que el mar penetra con facilidad, Camarones tiene afloramientos de roca viva. Una costa dura, que el mar choca pero no devora. Cuando el nivel del agua subió al final del Pleistoceno, esta geografía resistió. Los restos quedaron en tierra, a 36 metros sobre el nivel del mar, sobre una antigua terraza de playa, a unos 300 metros del agua actual. Un geólogo del Centro Nacional Patagónico estimó que en la época del entierro la línea de costa habría estado a unos 9 kilómetros de distancia, dentro del rango de movilidad diaria de cualquier grupo cazador-recolector.

Lo que comían, lo que sabían

El análisis de isótopos estables de carbono y nitrógeno en el colágeno óseo de ambos individuos permitió reconstruir, con notable precisión, la dieta que habían tenido a lo largo de sus cortas vidas. La técnica compara los valores isotópicos de los huesos humanos con los de distintas especies animales de la zona -marinas y terrestres- y permite estimar qué proporción de cada tipo de alimento consumía una persona de manera regular.

Los dos niños tenían una dieta mixta, con recursos marinos y terrestres. Pero el más pequeño mostraba un consumo marino marcadamente alto, más intenso que el del mayor. No eran visitantes ocasionales de la costa. Vivían de ella, la conocían, dependían de ella.

Esa familiaridad con el territorio aparece también en los objetos que los acompañaron al morir. Las 50 cuentas cilíndricas recuperadas junto al niño menor fueron fabricadas a partir de huesos de aves, probablemente de cormorán. La elección no es casual: los cormoranes abundan en las colonias de cría del norte del golfo San Jorge, y sus huesos largos y huecos -propios de las aves voladoras- son ideales para este tipo de artefacto. Cada cuenta fue trabajada con precisión: se realizaron cortes perimetrales en los extremos para fracturar el hueso de manera controlada, y luego se pulió la superficie a lo largo del eje. De las 50 piezas, solo 13 estaban completas al momento del hallazgo; el resto había sufrido fracturas por los siglos de sedimento encima. Juntas, estima el equipo, podrían haber formado un collar de aproximadamente un metro y medio de largo.

El ocre rojo también habla de conocimiento geográfico. Los afloramientos de ese mineral no están distribuidos de manera uniforme en la Patagonia: hay lugares específicos donde se encuentra, y hay que saber dónde buscarlos. Que quienes enterraron a estos niños hayan tenido acceso a él -y lo hayan usado con abundancia, cubriendo huesos, cuentas y sedimentos- indica que conocían su entorno con una profundidad que va mucho más allá de la exploración casual. “Esto nos daba un indicio de que la gente que enterró a esos dos niños conocía bien el ambiente en el que vivían”, dice Gómez Otero.

Uno de los detalles más llamativos que reveló el estudio bioantropológico fue completamente inesperado. La mandíbula del niño menor presentaba una particularidad anatómica inusual: sus incisivos centrales inferiores tenían forma triangular, un rasgo confirmado por tomografía computada. No hay registro de esa característica en ningún estudio previo sobre cazadores-recolectores patagónicos.

Una hipótesis y una evidencia

Hace más de 20 años, las arqueólogas Laura Miotti y Mónica Salemme propusieron que el poblamiento de América del Sur no había ocurrido por una sola vía. Junto a la ruta terrestre interior y a la ruta costera del Pacífico -esta última con evidencias sólidas desde Ecuador hasta el sur de Chile, algunas de más de 14.000 años- existía una tercera posibilidad: que grupos humanos se hubieran desplazado también por la costa atlántica. El problema era siempre el mismo: no había evidencia. Se podía argumentar, pero no demostrar.

El sitio de Camarones no resuelve el debate. La ciencia no funciona así. Pero aporta algo que hasta ahora faltaba: un punto concreto, datado con precisión, que ubica a seres humanos sobre la costa atlántica patagónica hace más de 10 mil años, consumiendo recursos marinos de manera regular y con un conocimiento del territorio que no corresponde a exploradores de paso sino a poblaciones con historia en ese lugar. “Esto nos da una evidencia, un indicio de que la gente se movió por el Atlántico. No es exclusiva, no excluye las otras rutas. Pero está”, enfatiza Gómez Otero.

El hallazgo adquiere aún más peso cuando se lo pone en conversación con otro sitio de la misma época. A unos 400 kilómetros al oeste de Camarones, en la región de Aysén en Chile, a la misma latitud, existe el sitio Baño Nuevo 1: un entierro múltiple de diez individuos -cuatro adultos y seis no adultos- datado entre 9.740 y 10.230 años calibrados antes del presente. El análisis isotópico de ese grupo mostró una dieta exclusivamente terrestre. El análisis de ADN mitocondrial reveló la presencia de los haplogrupos B y C. En la costa atlántica, en los sitios del Holoceno medio y tardío, predominan los haplogrupos C y D. La coexistencia de linajes en ambos lados de la Patagonia, en la misma época, sugiere que estos grupos no vivían en aislamiento. “Tomando en cuenta la falta de barreras geográficas y la relativa proximidad entre la región de Aysén y la bahía Camarones, es muy probable que estos grupos mantuvieran relaciones sociales y biológicas con cierta frecuencia”, sostiene el paper publicado en el Journal of Archaeological Science: Reports, y firmado por el equipo conformado por Julieta Gómez Otero, Ariadna Svoboda, Anahí Banegas, Ana Gabriela Millán y Hernán Ariel Marani.

El lugar

Desde la terraza donde fueron encontrados los dos niños se ve el mar. Se ve toda la bahía de Camarones, que es, como dice Gómez Otero, bellísima. A 36 metros de altura, con el viento del oeste que en esta costa puede superar los 120 kilómetros por hora, alguien eligió ese punto exacto para despedir a un niño de entre 12 y 15 años. Cuatrocientos años después, otro grupo volvió al mismo lugar y eligió la misma terraza para enterrar a un niño de 8 o 9 años, con ocre y con cuentas, con todo el ritual que sabía hacer.

Esa repetición es, quizás, el dato más silencioso y más elocuente de todo el hallazgo porque habla de pertenencia, de una geografía que ya era, para esas personas, un territorio conocido y cargado de sentido. “El reuso del mismo espacio funerario a lo largo del tiempo indica que esas poblaciones cazadoras-recolectoras tenían un conocimiento bastante profundo de su territorio”, concluye el trabajo científico.

Mario Arriagada y Analía Amado no tocaron más el terreno. El jardín sigue sin terminar. Los dos pozos de entierro, uno al lado del otro, permanecen en su lugar, debajo de la casa que se construyó alrededor de ellos. Hay algo en eso que también dice algo: que 11 mil años después, este rincón de la costa patagónica sigue siendo, de alguna manera, un lugar para cuidar a los que ya no están.

Podés leer la noticia haciendo clic acá

Salir de la versión móvil