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El improperio como estrategia, un grave error de Milei

En un lapso de pocos días, el presidente Javier Milei dio muestras de haber olvidado que no hace tanto tiempo, al iniciarse la última campaña electoral, había asegurado que dejaría de recurrir al insulto a sus adversarios para dar lugar al debate de ideas. Recientemente arremetió contra tres empresarios, a los que se refirió con apodos burlones, y el domingo pasado, al inaugurar el período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, convirtió la sesión en un show de agravios hacia sus más acérrimos opositores.

El primer mandatario desaprovechó, durante una sesión difundida por la cadena nacional de radio y televisión, una gran oportunidad. Logró que, al día siguiente, todo el país hablara mucho más de sus chanzas y denostaciones que de sus planes para reconstruir el país. La televisación oficial contribuyó indirectamente a que eso sucediera, pues rara vez enfocó sus cámaras hacia los legisladores kirchneristas y de la izquierda -en clara minoría frente a los aliados de Milei- cuando le prodigaban gritos de rechazo al Presidente. Así, las propias imágenes parecieron dar cuenta de un desaforado ansioso por descalificar a algunos de los integrantes del auditorio antes que de alguien actuando en defensa propia frente a agresiones de sus adversarios políticos.

Resulta claro que a Milei puede convenirle seguir buscando polarizar con el kirchnerismo, en la medida que apunta al rival más desgastado del escenario político actual y cuya líder está presa, condenada por corrupción. Opta por convertir en su principal enemigo al adversario que más lo ayude a retener los apoyos que -más allá de su base electoral cercana al 30% de los votos- le permitieron alcanzar la presidencia de la Nación en el balotaje de 2023.

Si bien esa táctica le ha venido brindando a La Libertad Avanza réditos en términos electorales, con el tiempo podría convertirse en una debilidad. Como señala el consultor Lucas Romero, la necesidad de Milei de polarizar con el kirchnerismo es directamente proporcional a las dificultades para seducir al “votante prestado”. En otras palabras, según esa visión, como hoy el líder libertario no estaría en condiciones de enamorar a aquellos votantes que le permitieron pasar del 30% al 56% de los sufragios entre la primera y la segunda vuelta de los últimos comicios presidenciales, buscaría reproducir la misma escena de entonces: tener enfrente al kirchnerismo.

El Presidente se muestra de una forma que es, en general, rechazada por la sociedad y, particularmente, por votantes considerados estratégicos por el oficialismo

Este intento de polarización sería una estrategia inteligente mientras Milei no pueda lograr su objetivo de ampliar su base electoral de otra manera. Sin embargo, también puede verse como un signo de debilitamiento.

El problema radica en que, para mantener viva la polarización, el Presidente se muestra de una forma que es, en general, rechazada por la sociedad, y particularmente por votantes considerados estratégicos por el oficialismo. Esto es, aquellos sectores independientes y moderados del electorado que, sin estar muy convencidos, apoyaron a Milei para evitar que el peronismo kirchnerista siguiera gobernando la Argentina. “Polarizar es inteligente, desaliñarse es torpe. Una cosa es polarizar con los kirchneristas y otra cosa es mostrarse desencajado, porque eso deforma la imagen presidencial”, observó Romero.

¿Es la violencia verbal del jefe del Estado parte de una estrategia fríamente calculada o solo asistimos a gestos propios de alguien que fácilmente se exaspera y se desequilibra emocionalmente?

Nadie puede pensar que las comunicaciones del Presidente en las que hizo públicos los apodos dirigidos al CEO del Grupo Techint, Paolo Rocca, a quien llamó “Don Chatarrín de los tubitos caros”, o al dueño de Aluar y FATE, Javier Madanes Quintanilla, a quien denominó “Don Gomita Alumínica”, hayan sido el fruto de la improvisación. Fueron componentes de una estrategia comunicacional que el propio Milei considera parte de su “batalla cultural” para imponer un modelo económico favorable a la apertura comercial y contrario al proteccionismo industrial.

Es una modalidad con la que Milei siempre se sintió cómodo, ya desde los tiempos en que era panelista en programas de televisión

Claro que en las formas elegidas por Milei, como se vio en la reciente Asamblea Legislativa, cuando tildó a sus opositores de “chorros”, “ignorantes”, “cavernícolas”, “golpistas” y “asesinos”, prevalece un estilo más intuitivo que prediseñado. Es una modalidad con la que Milei siempre se sintió cómodo, ya desde los tiempos en que era panelista en programas de televisión.

A Milei le encanta debatir de esa manera. El problema es que se trata de formas que no son propias de un presidente de la República. Y mostrarse con esa estética tiene consecuencias. Probablemente, encandile a sus fanáticos, pero también impacta negativamente en la construcción de autoridad, legitimidad y reputación políticas, en especial entre la gran porción de la ciudadanía cuyo respaldo será clave en el futuro.

Dos diferentes entidades empresariales de relevancia se hicieron eco de los vituperios que el Presidente empleó para descalificar a importantes hombres de empresa. “Es indispensable un diálogo constructivo y respetuoso entre el Gobierno y el sector privado”, expresó en un comunicado la Asociación Empresaria Argentina (AEA). “El respeto es condición básica del desarrollo. Respeto hacia quienes producen, invierten y generan empleo en el país”, declaró, por su parte, la Unión Industrial Argentina (UIA).

Del confrontativo estilo discursivo del Presidente se hizo eco la prestigiosa revista The Economist, que en un reciente artículo sobre la Argentina, subrayó que “su éxito parece haber alimentado la arrogancia y la agresividad” en Milei, “a pesar de haber prometido el año pasado que moderaría los insultos”.

La política debe ser mucho más que la mera exacerbación de tensiones y la calidad del debate público es un requisito fundamental para la cultura democrática. El presidente de la Nación debería dar el ejemplo y advertir que la persuasión no puede ser hija de la mera descalificación de quien piensa distinto ni del agravio personal.

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