Mi relación con los osos ha sido tradicionalmente distante y a veces por persona interpuesta. Como la ocasión en que entrevisté a un escritor polaco, Witold Szablowski, que había seguido el rastro de los últimos osos bailarines de Europa del Este, esos plantígrados empleados como itinerante atracción de feria (destacaba la osa Valentina, cuya especialidad era imitar a Hristo Stoichkov dejándose caer como si le entraran en falta); o cuando me explicó su terrible historia la antropóloga Natassja Martin, a la que le mordió salvajemente en la cara un oso pardo de Kamchatka (ursus arctus beringenianus), muy parecido al kodiak de Alaska (otra subespecie de oso pardo, como lo es el grizzly), durante un viaje por Siberia. A Martin el oso le arrancó un trozo de mandíbula y tres dientes, por no hablar de la sensación de tener el rostro metido en las fauces de semejante fiera, pero no le guardaba rencor. Por su parte, la investigadora Mary Roach me habló de cómo seguía a osos a punto de delinquir en Aspen y de Albert el Gordo, un oso que se metía subrepticiamente en tu cocina y había aprendido a abrir la nevera. Sentía pasión por los helados Haagen-Dazs, lo que puede hacer mucha gracia hasta que te lo encuentras al ir a buscar un vaso de leche para el insomnio.
El oso más peligroso no es el ‘grizzly’ ni el polar

