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Entre el veto pragmático y el riesgo de la impostura, desafíos de la candidatura de Kicillof

Tras una década de ambigüedades, un proyecto peronista de izquierda choca con la aversión por las definiciones ideológicas y la realpolitik. El laberinto del eje Patria-Campora, con salidas por derecha. Contradicciones y juego a las escondidas en una cumbre progresista en Barcelona. Kicillof se apresta a profundizar las diferencias.

Entrevistado el jueves por la noche en la radio española Cadena SER, Axel Kicillof describió un cuadro ruinoso de la Argentina de Milei y apeló a palabras de la actriz Dolores Fonzi para alertar sobre los riesgos de un avance de la ultraderecha ibérica (Vox o PP de Isabel Díaz Ayuso): “Vengo del futuro”.

El periodista preguntó: “Ante esto que sucede en Argentina, la izquierda, ¿qué puede ofrecer para volver a ser competitiva?”. La escena se repitió en la entrevista con el director de elDiario.es, Ignacio Escolar, reproducida en esta edición. “¿Qué hicieron mal los gobiernos de izquierda en Argentina para que alguien como Milei pudiera alcanzar la presidencia?”, consultó.

Para el gobernador bonaerense, el abordaje en términos ideológicos clásicos le suena más familiar que a cualquier dirigente peronista de primer orden, desde su vida universitaria —cuando era de izquierda no peronista— hasta su reelección como gobernador, en 2023, cuando apeló al eslogan “derecha versus derechos”.

En el diálogo con la radio, Kicillof comenzó a responder, pero enseguida se vio en la necesidad de aclarar. “Bueno, es una discusión. Lo que hace el peronismo, el campo popular —nosotros llamamos izquierda a partidos más pequeños, de origen trotskista— es una propuesta electoral, pero antes que eso, en el marco del desorden mundial que tenemos, presentar una alternativa que dé respuestas y una perspectiva”.

La aclaración del gobernador no es una mera cuestión taxonómica ante la ubicuidad histórica del peronismo. Representa, más bien, un desafío sobre una existencia política —para resumir, “el kirchnerismo”— en disputa, y ello constituye un problema en una era que demanda identificaciones claras. Hoy, en el despacho de La Plata, hablan con cierta naturalidad de un proyecto “peronista de izquierda”, aunque ponen el freno de mano para no herir susceptibilidades, no sólo entre los adversarios internos y gobernadores con los que tarde o temprano habrá que negociar, sino también entre algunos kicillofistas, como Andrés “Cuervo” Larroque, poco apegado a esas definiciones.

De Javier Milei se pueden decir muchas cosas, pero su vocación y arrojo por definir un perfil inequívoco está fuera de duda desde el primer minuto que piso un estudio de televisión, hace ya una década. Quiso ser ultra y lo sostuvo mucho más allá de lo que algún asesor de marketing le hubiera aconsejado.

Con el peronismo nacional pasa lo opuesto desde hace una década: no se sabe qué es. Del Daniel Scioli presidenciable de 2015, nadie puede aventurar si hubiera gobernado muy distinto de Mauricio Macri. El candidato era ambiguo y terminó siendo un farsante. ¿Cuál de los Sergio Massa conocidos estaría hoy en Casa Rosada si hubiera obtenido el mínimo margen que le faltó para ganar en la primera vuelta de 2023? Hubo un peronismo ganador, el de 2019, con los Fernández al mando, pero tampoco se sabe qué intentó hacer.

Del Daniel Scioli presidenciable de 2015, nadie puede aventurar si hubiera gobernado muy distinto de Mauricio Macri. El candidato era ambiguo y terminó siendo un farsante

Devaneos y escondidas

Fuera de las fronteras argentinas, los devaneos sobre el lugar ideológico del peronismo se resuelven con simplicidad, por razones de tiempo y espacio. Para la prensa internacional, Kicillof y Cristina son “peronistas de izquierda”; Menem y Pichetto, “peronistas de derecha”, y Massa, pragmático. Lula en Brasil, Gabriel Boric en Chile, Elly Schlein en Italia, Pedro Sánchez en España, Yamandú Orsi en Uruguay, Gustavo Petro en Colombia, Claudia Sheinbaum en México, el SPD en Alemania, el laborismo británico y un largo etcétera se afirman en “la izquierda”, la “centroizquierda”, o “el progresismo”. Tienen recorridos disímiles y posiciones incluso opuestas ante determinados temas; hay moderados y radicales; liberales y populistas; varios tienen competencia por izquierda, aunque a todos los une la identificación de un rival o enemigo: la derecha y sus versiones extremas.

Todos los nombrados estuvieron presentes en la cumbe anti ultraderecha de Barcelona, convocada por Sánchez, que terminó ayer por la tarde. Kicillof mantuvo encuentros con buena parte de ellos, y más de uno le dio un trato de postulante presidencial. “No soy candidato”, aclaró el gobernador ante la confusión generalizada. No le creyeron.

La aversión a la identidad de “izquierda” encuentra ecos diversos en el peronismo. Por empezar, es el estandarte del máximo “peronista de Perón” y a la vez uno de los peronistas con menos votos y, sugestivamente, más minutos de streaming, Guillermo Moreno. Hasta hace poco, Miguel Ángel Pichetto —cuando combatía a bolivianos, paraguayos, mapuches e iraníes, votaba las leyes que proponía Milei y reclamaba a Macri que no cediera protagonismo— vetaba a Kicillof por “comunista”. Es el mismo lugar en el que lo ubican las profusas pantallas de la ultraderecha.

En el cristinismo —reconciliado con Moreno y Pichetto— arriesgan un argumento llamativo, alguna vez hecho público por su líder. “Izquierda y derecha son conceptos eurocéntricos”, impropios de América Latina. La idea barre con la historia del continente y la del propio peronismo, un siglo de enseñanza en la universidad pública y el lenguaje político de varios países de la región. A su vez, somete al cristinismo a tropezarse con sus contradicciones.

El Partido Justicialista (PJ) acaba de enviar una delegación de una docena de personas al encuentro organizado por la “Movilización Progresista Global” (MPG), cuyo objetivo fue “ofrecer una alternativa necesaria a las fuerzas conservadoras y de extrema derecha”. Nada de esa terminología parece seducir demasiado a quienes rodean a la expresidenta.

Entre foto y foto, y panel y panel, la delegación del PJ no se cruzó con la bonaerense en los pabellones del predio ferial FIRA, en L’Hospitalet de Llobregat, afueras de Barcelona. Habrá sido todo un desafío evitar un pantallazo ocasional que encontrara a rostros de ambas facciones en el mismo encuadre.

Kicillof estuvo acompañado por su mano derecha y ministro de Gobierno, Carlos Bianco, la ministra de Comunicación, Jésica Rey, y la parlamentaria del Mercosur Cecilia Nicolini. La Provincia afrontó el costo de los cuatro pasajes. La organización MPG cursó tres invitaciones al PJ. En una muestra de gran ecumenismo, fueron asignadas por Cristina a las camporistas Soledad Magno, Lucía Cámpora y Valentina Morán.

El senador Eduardo “Wado” de Pedro, quien supo cultivar una red de relaciones internacionales y es el “progre” más nítido del cristinismo, fue intitulado como presidente de la delegación del PJ. Pagó sus pasajes y estadía de su bolsillo, y regresó con dos fotos con alto valor simbólico para su sector. Lula y Sheinbaum posaron con un cartel “Cristina Libre”. Además de alertar sobre los “peligros” de Milei, la denuncia de la “proscripción” de la exmandataria era un objetivo de principal para la comitiva oficial peronista, indican cerca de De Pedro.

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