La primera vez que Ludovico Caracci, uno de los grandes pintores del barroco italiano, se encontró con la obra de Giovanni Francesco Barbieri, describió al autor como “un fenómeno de la naturaleza, un milagro que deja sin palabras incluso a los pintores más distinguidos”. No era cosa menor que el gran maestro de la pintura boloñesa de su época, que por entonces tenía setenta y tantos años, hablara así de un joven autodidacta de 26 que entraba en un mundo que ya conocía a Tiziano o Caravaggio, y que veía nacer a otros como Guido Reni, Rembrandt, Velázquez, Van Dyck o Ribera. Pero el naturalismo feroz de su pintura—con personajes con una gran plasticidad y gestos espontáneos—, que cautivó a Caracci y que impulsó a una luego célebre y lucrativa carrera, terminó olvidado en una segunda etapa gracias a un notable cambio de estilo que llevó al artista a crear pinturas mucho más clasicistas, con figuras más rígidas y de gestos artificiales.
Il Guercino y la evolución del pintor autodidacta que maravilló a los maestros del Barroco

