
La estrategia de Donald Trump para poner fin a la guerra en Ucrania es la constatación definitiva de que Europa no puede confiar ciegamente su seguridad al lazo transatlántico con Estados Unidos, hoy más débil que nunca. Tanto la revelación del plan presentado por Washington a Kiev —que se ajustaba con precisión a los objetivos del Kremlin— como la actitud del enviado estadounidense a Rusia, cuya impúdica cercanía a Putin quedó a la vista esta semana, han dejado al descubierto la fragilidad de una alianza que durante décadas se consideró inquebrantable.






