Lo que comenzó como una disputa sobre regulación tecnológica derivó en una pugna dentro del movimiento que aupó al presidente estadounidense entre el aristopopulismo de Palantir y el populismo tecnonegativo de Bannon.
El inicio de la segunda Administración Trump estuvo marcado por una imagen que persiste en el imaginario colectivo: el advenimiento de los barones de Silicon Valley a los más altos círculos del poder. No es que antes no estuviesen, es que ahora están decididos a expandir su poderío estableciendo lazos estrechos con la política. Una nueva oligarquía. La tecnología que aportan a los objetivos del Gobierno estadounidense se convirtió en una pieza indispensable y el máximo exponente de ello es Palantir, la empresa de vigilancia e inteligencia fundada por el magnate tecnológico Peter Thiel, que financió el trumpismo desde sus inicios.
Frente a ese escenario, explotó la insurrección dentro del mismísimo movimiento MAGA. Las bases, aquellas que hicieron posible que Donald Trump llegase al poder en dos ocasiones y que defienden a rajatabla a su presidente, han levantado la voz: “Estados Unidos no se ha convertido en la mayor nación del mundo permitiendo que unas élites no elegidas realicen experimentos con la población sin garantías ni obligación de rendir cuentas”. Este es un extracto de la carta de la coalición Humans First, liderada por Steve Bannon, dirigida a Trump. Se trata de una advertencia del sector más leal y a la vez más radicalizado que ya tiene nombre propio: el populismo tecnonegativo.
Ambos sectores reclaman para sí la narrativa del ‘America first’ aunque sus definiciones son muy diferentes. ¿Cuál priorizará Trump? ¿Tomará partido por alguno de los bandos o mantendrá un equilibrio pragmático entre los oligarcas que le garantizan su preeminencia global en términos de hard power y el núcleo duro de su base electoral que le legitima en la política doméstica? El movimiento MAGA está frente a un cisma.
El origen de la insurrección
El 15 de enero de 2026, el representante republicano de Oklahoma, Cody Maynard, propuso tres leyes diseñadas para establecer límites legales a la inteligencia artificial. Lo más relevante: prohibía a las agencias estatales tomar decisiones críticas basadas únicamente en la inteligencia artificial. La revisión humana, según su texto, debía ser obligatoria y tener la última palabra. Además, determinaba que una IA no podía tener personalidad de ningún tipo y se eliminaba la utilización de chatbots con menores de edad, esencialmente aquellos diseñados para simular relaciones humanas o fomentar la dependencia emocional. No era un caso aislado. Era la semilla de lo que se convertiría en Humans First.
Antes de que el conflicto se volviera visible, el movimiento Humans First ya había pasado de una idea a una campaña organizada. Su web la presentaba como un movimiento conservador, nacionalista y cristiano que buscaba que la tecnología sirviera a la gente común. Durante marzo y abril de 2026 organizaron asambleas públicas en distintos estados: la fase de activación territorial había comenzado y su narrativa política atraía a las bases del trumpismo original.
Steve Bannon, exasesor de Trump durante su primera campaña electoral y brevemente durante su primera presidencia, no tardó en hacer suya la causa. Visualizó el potencial del concepto desde el inicio y se vio favorecido por la presencia de un viejo conocido entre los fundadores: Joe Allen, quien había sido corresponsal de War Room durante cinco años. El movimiento tenía ADN de Bannon desde su origen y llegaba la fase de su nacionalización.
El mencionado War Room, su pódcast diario con casi 7.000 episodios y presencia en todas las plataformas, se convirtió en la tribuna del movimiento. El mensaje era simple y a la vez efectivo: resultaba imposible avanzar hacia el objetivo histórico del trumpismo, sintetizado en la frase ‘America first’, si se ignoraba a la gente, es decir, a la verdadera América. Y esto era exactamente lo que sucedería si el Gobierno de Trump priorizaba los intereses de un puñado de tecnoentusiastas multimillonarios por encima de los trabajadores que lo habían llevado al poder.
Se trataba de una cuestión moral que defendía lo humano frente a la máquina. Humans First ya dejaba de ser una campaña de control tecnológico para transformarse en una rama ideológica del trumpismo que intentaba unir soberanía nacional, conservadurismo religioso y crítica al poder digital
Se trataba de una arremetida del núcleo duro del MAGA contra el aliado más importante de Trump en esta segunda presidencia. En el marco populista característico del trumpismo de base, el discurso redefinía a la elite corrupta contra la que luchar. Ahora eran los oligarcas de las big tech quienes ponían en riesgo a los trabajadores y su bienestar. Los números que manejaba el propio Bannon eran aportados por HFS Research: 27 millones de empleos en peligro dentro de las 2.000 mayores empresas. Todos expuestos a la eliminación o rediseño por la IA en solo tres años.
Las exigencias del bloque insurgente cristalizaron en la publicación de una Carta Abierta a Trump el 15 de mayo de 2026. Demandaban un decreto presidencial para evitar que los sistemas de IA puedan “amenazar nuestra seguridad nacional, a nuestros hijos, a los trabajadores estadounidenses y al estilo de vida estadounidense”.
Más de 60 referentes conservadores firmaron la misiva con Bannon a la cabeza, entre ellos pastores evangelistas y líderes del nacionalismo cristiano. Su presencia no era decorativa, sino que convertía la regulación de la IA en algo más que una disputa técnica o laboral. Se trataba de una cuestión moral que defendía lo humano frente a la máquina. Humans First ya dejaba de ser una campaña de control tecnológico para transformarse en una rama ideológica del trumpismo que intentaba unir soberanía nacional, conservadurismo religioso y crítica al poder digital. La carta era un grito de guerra contra otro modelo de país en pleno avance: la república tecnológica de Palantir.
El manifiesto de Palantir
“La cuestión no es si se construirán armas de IA; es quién las construirá y con qué propósito. Nuestros adversarios no se detendrán para permitirse debates teatrales sobre los méritos de desarrollar tecnologías con aplicaciones críticas para la defensa… Ellos procederán”. El punto cinco del Manifiesto de Palantir es contundente y cualquier regulación solo desembocaría en una suerte de desarme unilateral ante las potencias enemigas.
En esa lógica se sostiene todo el planteamiento de Alex Karp, CEO de Palantir. Lo que se propone es una fusión simbiótica entre el Estado y la corporación para estar a la altura del nuevo hard power que rige en el mundo actual. Es, en definitiva, la versión Palantir del ‘America First’.

