
Hace unos días, Wim Wenders dijo en la Berlinale que los cineastas deben mantenerse “al margen de la política”. En su gala número 40, la ceremonia de los Premios Goya de 2026 demostró al cineasta justo lo contrario. Fue una fiesta de alto voltaje político en forma, pero sobre todo en fondo, en el sustrato de lo fílmico. Más allá de la estética en los pines de Free Palestine que se vieron entre los invitados a la alfombra roja, gestos esperables en este tipo de eventos, o de los llamamientos explícitos contra el genocidio en Gaza que se repitieron durante toda la ceremonia, los premios del cine español confirmaron, por mucho que le pese a Wenders, que lo personal es político. Esa cita de Kate Millet y las feministas radicales de los 70 la recordó la productora Sandra Hermida al recoger el Goya a la mejor película de Los domingos. Lo sabe hasta Albert Serra, el cineasta que dice que si le dedicas a tu familia un premio es porque tu película es mala. En su discurso al ganar el premio al mejor documental por Tardes de soledad, la película más gato de Schrödinger y cuántica de esta edición, porque es taurina o antitaurina según a quien y dónde se pregunte, el director reivindicó lo importante y arriesgado de hacer arte “cuando lo político y lo ideológico chocan con la intimidad”.