
“Hola, soy Beatriz de Moura.” La voz, por el teléfono, sonaba con un leve acento que acaso no era tal, sino una manera levemente ralentizada, brasileña, de articularse en lengua española. La zeta, eso también lo comprobé en el primer instante, se le resistía. Todo esto lo pienso con detenimiento y pena ahora que me ha llegado la noticia de su muerte a edad avanzada. Entonces, año 94, sólo había para mí una voz que desde Barcelona me anunciaba la intención de publicarme una novela de más de 600 páginas; publicarme a mí, a un desconocido distante sin más avales ni recomendaciones que un texto trabajado a mano y con paciencia durante cerca de ocho años, y enviado un buen día por correo ordinario en la forma de un fajo de cuartillas envueltas en papel de estraza. Ella me preguntó en el curso de aquella primera conversación telefónica si yo tenía más escritos; que, de ser así, contaba con ellos. Pensé, como buen donnadie, que se equivocaba, especialmente cuando acto seguido me dio las gracias por haber elegido su editorial. Dos años transcurrieron entre la mencionada llamada a mi domicilio en la ciudad alemana de Lippstadt, donde uno se ganaba los gabrieles con la docencia, y la publicación del grueso libro. Me sorprendió gratamente el criterio de edición, presidido por el firme propósito de hacer las cosas bien, cuidando con esmero hasta el último detalle. Con dicho fin, Beatriz envió a un empleado de la editorial a Alemania a repasar conmigo el manuscrito página a página, a cuestionar comas, a proponer mejoras. El libro se publicó con buenas críticas, pero pocas ventas, de donde deduje que allí se acabaría mi vinculación con la editorial Tusquets. Erróneo vaticinio.