
La muerte es un ocultamiento. Pues la muerte es siempre la muerte de otro. La muerte es un cambio de sensibilidad, de ahí que la muerte en primera persona no exista. Eso dice el Macedonio Fernández metafísico, cuando me llega la noticia de la muerte de Agustín Andreu a los 97 años. En la India se dice que toda persona nace con tres deudas. Una con los dioses, que se paga mediante las ofrendas y la devoción; otra con los padres, que se paga cuidándolos en la vejez; y una última con el maestro, que nunca se paga pues es impagable. Agustín Andreu fue el último de mis maestros. Gracias a él me reconcilié con la metafísica occidental después de 20 años sumergido en la corriente filosófica del budismo, el vedānta y el tantra. Gracias a Andreu conocí a fondo a Leibniz y a Spinoza, a Jakob Böhme, del que fue el primer traductor en español, y a tantos otros metafísicos que le fascinaban como Brentano, Lessing y Ortega y Gasset. Empecé a visitarlo casi semanalmente en 2006 en su piso-biblioteca de Campanar, un barrio periférico de Valencia. Allí se recluían en un pequeño despacho y allí dialogábamos bajo la luz mortecina que filtraban las persianas. Andreu tenía una sensibilidad extraordinaria para el pensamiento oriental, pensaba que la cultura judeocristiana había errado en su antropología y era muy receptivo a las intuiciones indias sobre la naturaleza de la existencia.






