No te va a gustar

elDiarioAREl Diario Ar24/05/202618 Views

La discusión entre Brad Mehldau y un crítico del New York Times, sumada al rechazo que recibió Fito Páez por presentar su nuevo disco en vivo, abre una misma pregunta de fondo: qué lugar queda para el gusto, el riesgo y la incomodidad artística en una época cada vez más atravesada por la lógica del consumo y la satisfacción inmediata.

Las polémicas estéticas parecen, en un mundo al borde de ciento cincuenta ataques de nervios, un divertimento tan extravagante como lo eran las discusiones sobre el peso del alma entre filósofos medievales. Así y todo, creo que justamente por eso tienen valor: cuando todo se vuelve mercancía y obsesión utilitaria, los debates abstractos e inútiles se convierten en un fuego sagrado que más que nunca hay que mantener encendido. O es la excusa que me inventé para interesarme por dos conversaciones sobre crítica, gusto y cultura que vi pasar en estos días.

La primera, un poco más alejada de nuestro hemisferio: hace casi un mes, el New York Times publicó una lista de “los treinta compositores de canciones americanos vivos más grandes de los últimos treinta años”. Más allá de que estas listas estén hechas para pelearse, me interesó sobre todo la discusión que se dio entre Jon Caramanica, uno de los autores del ranking, y Brad Mehldau, tal vez el pianista de jazz vivo más importante (¿con la sola competencia de Keith Jarrett?). El debate está bien resumido en este textazo de Mehldau , que se revela como un crítico cultural y autor de un nivel como para humillar a los que nos dedicamos teóricamente a escribir y encima no sabemos tocar en el piano más que el feliz cumpleaños. Mehldau está muy enojado porque Caramanica no solo no puso en la lista a Billy Joel (uno de los cantautores favoritos de Mehldau), sino que encima tuvo el tupé de justificarse diciendo, en pocas palabras, que Billy Joel es reiterativo, que está todo bien con él, a “mucha gente que quiero le gusta” (frase que Mehldau interpretó, creo que correctamente, como una acusación de que se trataba de un gusto poco sofisticado) pero no le parecía suficientemente innovador como compositor como para que valiera la pena incluirlo en la lista. Mehldau es músico, y de los más exitosos de su medio: está en una posición bastante rara en el siglo XXI, que es que realmente no necesita ya quedar bien con ningún crítico ni con ningún medio, ni siquiera con músicos mainstream. Lena Dunham no se animó a criticar a Taylor Swift en nada en su memoir; Mehldau no se priva de hacerlo, no por alguna animosidad contra ella, todo indica, sino por lo que para él representan esos críticos de cincuenta años que se creen demasiado cool para Billy Joel pero se pasan la vida glorificando a artistas pop casi adolescentes para demostrar que, aunque sean críticos de rock de cincuenta años, están en la onda.

Más allá del chusmerío y lo bueno que es Mehldau insultando (yo si fuera Caramanica cambiaría de trabajo, de país y de planeta después de semejante paliza), lo interesante es el argumento central: a Mehldau no le molestaría si a Caramanica le gustaran mucho las canciones de Taylor Swift, o si realmente considerara que Young Thug es mejor compositor que James Taylor. Lo que le molesta a Mehldau es que Caramanica se pase el día escribiendo sobre pop, o sobre rap, o sobre lo que sea que se vea joven y canchero en el momento correspondiente, sin que quede claro que genuinamente le interesen esos géneros o autores como manifestaciones musicales. Para Mehldau, Caramanica incurre en un pecado muy frecuente hoy en la crítica musical y en la crítica cultural en general: pensar que su trabajo consiste en un análisis sociológico, frío y supuestamente refinado de “fenómenos culturales”, que prescinde no solo del análisis formal sino, y mucho peor, de una relación real, afectiva y entusiasta con la obra en cuestión. Está perfecto escribir una, dos, o tres notas, digo yo parafraseando a Mehldau, sobre por qué se pone de moda tal artista, quiénes lo escuchan y cuál es su atractivo, incluso si uno no lo vive en carne propia: pero ¿cuándo se volvió poco cool, efectivamente, estudiar y analizar con placer las cosas que a una efectivamente le gustan? Me parece particularmente interesante la relación que Mehldau establece entre este gusto personal y emotivo y la crítica musical que vale la pena: si a una efectivamente no le gusta, por caso, Romeo Santos, es obvio que lo que escriba sobre Romeo Santos va a ser externo y frío. Lo que dice Mehldau es que además de externo y frío ese análisis será chato. Hacer crítica musical no es hacer ciencia: la distancia con la obra no siempre “suma”. Lo pienso en términos de mi propia práctica, en las veces en que he caído en eso que dice Mehldau, y me pregunto si alguna vez escribí algo interesante sobre algo que no me interesara, o que me interesara “como fenómeno”, que es casi decir lo mismo. Creo que efectivamente Mehldau tiene razón: cuando dejamos de confiar en nuestro propio oído o nuestras propias lecturas, en los que realmente nos emociona y lo que no, terminamos refugiados en una sociología de café que quizás nos sirve a algunos adultos para entender “en qué anda la juventud”, pero rara vez le sirve a nadie para pensar mejor en la música que escucha. Que no sé si es lo único que debería hacer la crítica, pero seguro es parte de su tarea: más en un momento en que todo está cerca y disponible, y quizás lo mejor que puede hacer el periodismo por nosotros es ayudarnos a curar y pulir la sensibilidad propia, el criterio personal.

Y después estuvo la polémica de Fito: hace unos días, también, Rodolfo Páez recibió una respuesta hostil en el Movistar Arena cuando, en lugar de tocar los hits que la audiencia esperaba, dedicó toda la primera parte de su concierto a una presentación audiovisual de su nuevo disco Novela. Hay mil detalles y mil lecturas disponibles: para algunos, Fito rompe el pacto con el público haciendo un concierto muy distinto de lo que venía ofreciendo; para otros, la gente tiene derecho a aburrirse, sacar el teléfono, levantarse e irse, aunque no a silbar o abuchear. Más allá de todas estas posibilidades, que tienen cada una su grano de verdad, me dan ganas de pensar, sobre todo, en esta idea del contrato con el artista: ¿cambió ese contrato en los últimos años? Los “Flaco, tocá muchacha” existieron siempre; las redes solo los amplifican. Me cuesta, sin embargo, no pensar que efectivamente la palabra contrato no es inocua en este contexto: que si antes era metafórica, se vuelve una palabra con mucho peso en un mundo cada vez más transaccional, en el que el cliente siempre tiene la razón. De hecho la gente entró al Instagram de Fito a dejar sus insultos en vivo, como si se tratara de reseñas en Google Maps: muchas respuestas hacían alusión al precio de las entradas, o a “vine con mis hijos y se durmieron”, como si eso tuviera alguna relación con el artista. No sé si está bien o mal, pero si me atrevo a aventurar esta intuición: yo no creo que Fito le haya faltado el respeto a su audiencia, pero incluso si lo hubiera hecho, antes nos aguantábamos las locuras de los artistas con mucha más entereza, y eso tenía un valor. Pasarla mal en un concierto, aburrirse o asquearse tenía un valor, y hoy ya no lo tiene; sobre todo comparado con “valores reales” como el dinero de la entrada o una salida en familia que solo tenía que dejarnos a todos de buen humor. Lo curioso es que la conversación de Mehldau pone el acento en lo que te gusta, y la de Fito en lo que no te gusta, pero en el fondo, y quizás hasta en la superficie, los dos están hablando de lo mismo.

TT/MG

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