España salió al campo como quien no entiende de amistosos ni de treguas. Para este equipo, cada partido es una Finalissima encubierta. Se habló de porteros en la previa, pero cuando rodó el balón todo quedó en segundo plano: apareció el fútbol del bueno, el que engancha, el que arrastra al optimismo sin remedio. El conjunto de Luis de la Fuente trituró a Serbia con una actuación de alto voltaje, sostenida en la movilidad constante y en una idea que Bill Shankly convirtió en dogma: tocar y moverse. España lo llevó a la práctica sin pausa, sin estatuas, sin concesiones. Con Rodri de nuevo al mando y un once reconocible de gran cita, el equipo funcionó como un mecanismo perfectamente engrasado. No hubo rastro de distracciones ligueras o europeas. España llenó el césped de futbolistas invisibles para el rival, capaces de aparecer donde no se les espera. Baena, Lamine Yamal, Llorente, Fermín y Pedri tejieron una red de juego que siempre encontraba a Oyarzabal, ejecutor implacable. Los dos goles de la primera mitad fueron piezas de museo. El primero, una coreografía de precisión entre Lamine, Fermín y Baena que Oyarzabal culminó con un zurdazo elevado, puro arte. El segundo, más directo y quirúrgico, nació de una ruptura de Cubarsí y terminó en otro disparo perfecto del delantero desde fuera del área. En ese despliegue destacó Fermín, pura energía competitiva, como si cada balón fuera un examen decisivo. Y Lamine, imprevisible como siempre, dejando destellos cada vez que entraba en contacto con el balón. Serbia resistió con orden hasta que el partido se abrió, pero apenas inquietó más allá de un gol anulado a Birmancevic. El dominio español fue total, un asedio constante que terminó de resolverse con la irrupción de Víctor Muñoz. El debutante, eléctrico y valiente, coronó la noche…
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