
Jeffrey Epstein fue más que un financiero próspero. Se erigió como el epicentro de una economía oculta, donde el trueque de favores y la complicidad se entrelazaban. Durante años, gestionó una red en la que los poderosos no podían permitirse rechazarlo. Todo funcionaba como un engranaje bien aceitado: un círculo cerrado conformado por multimillonarios, políticos, académicos y celebridades que compartían un gusto común por el lujo y la vida nocturna. Nueva York y Florida eran los escenarios principales donde se tejía esta compleja red de influencias, haciendo casi imposible salir sin dejar huella. La razón detrás de la implicación de tantas figuras públicas en este entramado no era fortuita. Epstein había edificado algo más elaborado que un simple grupo de amigos: había creado un sistema en el que los favores eran moneda corriente, donde los secretos acumulados generaban obligaciones y donde negarse a participar podía resultar en la pérdida de oportunidades o información comprometedora. Era una economía del «hoy por mí, mañana por ti», un acuerdo tácito en el que la lealtad se medía en silencio. La red de favores que nadie podía rechazar Lo más inquietante del caso Epstein es que su influencia iba más allá de su riqueza. Su verdadero poder radicaba en su habilidad para conectar a las personas más influyentes del planeta. Bill Clinton utilizó sus jets privados al menos 26 veces entre 2002 y 2003. Donald Trump, amigo cercano durante 15 años, compartió fiestas y contactos con él durante las décadas de 1990 y 2000. El príncipe Andrés del Reino Unido, Bill Gates, Elon Musk, Michael Jackson, Peter Mandelson y otros muchos nombres estaban anotados en su agenda. Cada uno de ellos estaba vinculado a este universo lleno de secretos compartidos. Lo que mantenía unidos a estos personajes no era simplemente la amistad convencional, sino…
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