Cuando empezamos a trastear en el Playground de OpenAI, unos meses antes de que ChatGPT se convirtiera en el amigo de los jóvenes y el asistente del batch cooking, todos andábamos calculando el calor de cada modelo y ajustándonos al crédito fijado en tokens que nos daba para un número de limitado de caracteres. Nos divertíamos con sus ocurrencias, pero éramos muy conscientes, como decían los padres antiguos cuando hacíamos una llamada de larga distancia, de que “eso corría”. Todos hemos vivido de manera más reciente el tránsito desde las tarifas móviles por llamada y minutos, a las planas de llamadas y datos. Pasamos del “te hago un llama-cuelga” a dejar mensajes de WhatsApp de media hora de duración. Dejamos de gestionar la escasez y, de camino, nos convertimos en adictos acelerados a la nada.
Se acabó la barra libre de la IA: quien pone precio al token decide

