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Todas las óperas conducen a Múnich

Timothée Chalamet debería dejarse caer por Múnich en verano para comprobar con sus propios ojos que lo que afirmó hace unos meses en la Universidad de Texas —“No quiero trabajar en el ballet o en la ópera, o en cosas que son como “Eh, hay que mantener esto vivo, a pesar de que ya no haya nadie a quien siga importándole”— es una soberana estupidez. Y es que aquí, semana tras semana, día tras día, miles de personas acuden al Festival de la Ópera Estatal de Baviera, un banquete constante que se sirve en varios escenarios de la ciudad y que convierte a la capital bávara durante un mes y medio en el mayor centro operístico mundial. ¿Por qué habrían de acudir en tropel, llenando los teatros un día sí y otro también, si no les importara el espectáculo por el que pagan con gusto una entrada y que aplauden larguísimamente casi cada tarde?

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