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Todo lo que van a venderte en el Mundial con el truco de los “cooling break”

La FIFA, supuesta entidad sin ánimo de lucro, ingresará 13.000 millones de dólares –un 73% más desde el anterior Mundial–, entre otros conceptos por derechos televisivos, tras alargar la competición e incluir pausas de hidratación, haga o no calor, para meter publicidad.

A falta de juego preciosista y emoción, estos primeros partidos del Mundial siguen dando pistas de cómo crece el negocio. Se escribió mil veces que será el más largo de la historia: 104 partidos y 48 selecciones. Cierto que las federaciones africanas y asiáticas llevan décadas reclamando más espacio en la Copa del Mundo. La lógica de su reivindicación es aplastante: participar en el mayor acontecimiento futbolístico del planeta no solo da notoriedad a los jugadores; la posibilidad de competir contra equipos de mayor calidad contribuye además a ir reduciendo las diferencias entre selecciones.

No tiene pinta, sin embargo, de que la FIFA con Gianni Infantino al frente se haya vuelto sensible a las desigualdades. Vistas las tablas de clasificación, es legítimo preguntarse si no habrán pesado más los petrodólares de Qatar, que sirvieron para recibir el Mundial de 2022, o los de Arabia Saudí, que lo organizará en 2034. Ambas selecciones se encuentran entre las 48 clasificadas de este año, que son exactamente el doble de las que participaron en el Mundial de España del 82. A finales de los 90 la FIFA ya amplió a 32 equipos y así había sido hasta el cambio de este año.

Más países participantes, huelga decirlo, implica una mayor audiencia potencial (la de esta copa del mundo se estima en 6.000 millones de personas), pero sobre todo, más contenido audiovisual para las grandes plataformas que compran los derechos televisivos que cobran cuotas a sus abonados y explotan la publicidad.

Teóricamente (muy teóricamente, es imprescindible esta cautela) la FIFA es una entidad sin ánimo de lucro que se encarga de potenciar el fútbol por todo el mundo. Para eso se inventó. Su principal vía de ingresos y también sus gastos derivan de los mundiales. Tanto es así que planifica sus presupuestos a cuatro años, los que transcurren entre campeonato y campeonato.

Cuando pasamos a la práctica (y no hay nada más práctico en el fútbol que hablar de muchos millones de dólares) se puede adivinar cuánto de lejos está el organismo que explota el deporte más rentable del planeta de ser una entidad sin ánimo de lucro.

En los cuatro años que transcurrieron desde Qatar la FIFA aumentó sus ingresos hasta los 13.000 millones de dólares. Lo refleja en sus propias cuentas: es un 73% más que en el ciclo anterior. ¿Conoce alguien alguna otra ONG con semejantes cifras?

De esos 13.000, unos 9.000 millones se generan en este año de Mundial. Y la porción más grande de la torta son los derechos de televisión. Según Matt Hughes, el corresponsal de derechos deportivos de The Guardian (sí, The Guardian tiene un corresponsal de derechos deportivos) las teles de todo el mundo van a pagar bastante más de los casi 3.000 millones de dólares que abonaron por Qatar. Este año se televisarán 40 partidos más: 104 frente a 64 en 2022.

Cuarenta partidos más (sería innecesario repetirlo) son 80 horas más de televisión para que las plataformas puedan vender a sus suscriptores. Implica abrir mercados en países que probablemente no iban a prestar mucha atención al Mundial si no estuviera su selección, pero sobre todo son 80 horas más para colocar publicidades y patrocinios en todo el mundo.

La entidad sin ánimo de lucro que vela por la salud del fútbol no debió considerarlo suficiente y siguiendo esa misma lógica, la FIFA decidió cambiar por la puerta de atrás el reglamento de un deporte con aproximadamente 170 años de historia.

No es un secreto que en las oficinas del organismo se especuló durante años con la posibilidad de establecer tiempos muertos, igual que existen en otros deportes como el baloncesto, para maximizar los anuncios en las retransmisiones de los partidos. Los 15 minutos del descanso y la previa y el postpartido no bastaban porque había estudios que decían que el espectador se levantaba a ir al baño, a cenar o hacer otras tareas. Dicho claramente: no se quedaba a la publicidad. Mucho más eficaz es una pausa corta en mitad del juego.

¿Alguien se paró a consultar qué temperatura había este jueves en el estadio Ciudad de México cuando el partido se paró tres minutos en cada tiempo para una supuesta pausa de hidratación? No hace falta una gran investigación. Según los medios mexicanos, el partido se disputó entre los 22 y los 25 grados, bajo las nubes y algunas lluvias débiles. De hecho, la Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil de Ciudad de México lanzó alertas a los aficionados por lluvias fuertes derivadas de la tormenta tropical Cristina.

No hubo incidentes climáticos, pero el partido se paró dos veces para esas presuntas pausas de hidratación. Una de ellas, bajo la lluvia. Las redes se hicieron eco de algunas protestas del público que no salieron en las retransmisiones.

Que la misma FIFA que organizó Mundiales en Qatar y va a montar otro en Arabia Saudí, que multiplica el calendario de las competiciones —no solo los campeonatos de selecciones–, que acaba de inventarse otra título internacional de clubes denominado ‘mundialito’ y que llevó hasta el límite la integridad física de los futbolistas intente justificar esas interrupciones (a 24 grados bajo la lluvia, como la del viernes en Ciudad de México) para supuestamente proteger la salud de los jugadores desafía la fe de los futboleros más devotos. Quizás para prevenirlo en algunas retransmisiones se los llama “cooling break”: pronunciado en inglés tal vez algunos espectadores sospechen menos.

Durante los seis minutos de parón en el encuentro inaugural en Ciudad de México la plataforma que emite los partidos en España, por ejemplo, anunció una cerveza oficial, aparatos de aire acondicionado (que en algunas casas españolas a esa hora sí hacían falta, a diferencia de lo que sucedía en el Azteca), una multinacional de comida a domicilio, papas fritas de bolsa y un banco español.

Antes y después del partido hubo publicidad de una marca de coches chinos que antes era sueca, de un banco internacional que utiliza la imagen de Brad Pitt callado, de televisores de plasma coreanos, cerveza andaluza y aires acondicionados japoneses.

Y así va a seguir siendo porque la FIFA ya estableció que las pausas de las publicidades van a hacerse aunque un futuro Mundial se dispute en el Ártico. Con ese sutilísimo truco basado en la salud de los futbolistas el reglamento se cambió sin necesidad de implantar tiempos muertos y sin acusaciones de desnaturalizar el deporte.

Todo con el objetivo de exprimir un poco más, de incrementar la facturación millonaria de esa entidad sin ánimo de lucro que nació en 1904 en París para unificar el reglamento de siete países y organizar competiciones internacionales.

Oficialmente sin ánimo de lucro, la FIFA va a recaudar 13.000 millones de dólares en estos cuatro años y la gráfica de ingresos sigue creciendo en vertical. Oficialmente también, ese dinero se reinvierte: a la organización del siguiente Mundial irán a parar 7.000 millones de dólares, y entre las más de 200 federaciones nacionales y las seis confederaciones continentales reparte unos 3.000 millones más.

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