Libros, series, películas y un montón de cosas para aferrarse en medio del desconcierto.
Otras formas del adiós, libros de julio
Hace unos días encontré la foto como se encuentra algo valioso de verdad: buscando otra cosa. Ahí estoy, con una edad imprecisa (¿un poco más de un año?, ¿dos?, ¿dos y pico?), en ese momento de relativa autonomía que tienen los niños chiquitos cuando empiezan a moverse por sus propios medios, a veces apenas gateando, a veces dando esos primeros pasos temblorosos, flotantes. Como borrachos. Como astronautas o zombies. Pregunté y me dijeron que en esa etapa en algunas instituciones se los llama deambuladores. Me gustó la palabra. Deambuladora, entonces, ahí me veo, a mitad de camino, con un pie en el aire, saliendo de un mueble que solía vaciar de objetos –latas, por lo que muestra la imagen– para después esconderme. Un movimiento habitual, un lugar común que conoce cualquiera que conviva con niños pequeños: la búsqueda de un rincón en el que quedar, por un rato, en esa relativa soledad del escondite; ocultarse, también, para que alguien primero los busque y después los encuentre.

