
Han pasado más de dos décadas, pero el eco de las explosiones en Atocha, El Pozo y Santa Eugenia sigue resonando en el corazón de una España que, aquel 11 de marzo de 2004, cambió para siempre. No fue solo un ataque contra las infraestructuras; fue un hachazo a nuestra soberanía y un recordatorio sangriento de que la libertad tiene enemigos implacables. Recordar el 11-M no es un ejercicio de melancolía, es un acto de justicia y de supervivencia. El drama de una mañana rota Aquel día, el amanecer trajo consigo el horror más absoluto. Familias destrozadas, trabajadores que nunca llegaron a su destino y una nación en vilo mientras los servicios de emergencia se dejaban el alma entre hierros retorcidos y gritos de auxilio. 192 vidas segadas por el fanatismo. Miles de heridos con secuelas físicas y psicológicas que el tiempo no ha logrado borrar. Una sociedad golpeada en sus cimientos más profundos. Las víctimas del terrorismo son el faro moral de nuestra democracia. Su sufrimiento no puede ser en vano ni puede quedar sepultado bajo el manto del olvido institucional o el relativismo político. La derecha española siempre ha tenido claro que con el terror no se negocia: se le combate con la ley, con la memoria y con la dignidad. Los nuevos peligros: El terrorismo en la era global Hoy, el peligro no ha desaparecido; ha mutado. El auge del fundamentalismo radical y la aparición de nuevas formas de terrorismo híbrido representan una amenaza existencial para Occidente. La complacencia de ciertos sectores progresistas, que prefieren mirar hacia otro lado o diluir la identidad nacional, solo alimenta el riesgo. “Una sociedad que olvida sus tragedias y debilita sus fronteras está condenada a revivir el horror”. El control de nuestras fronteras y la firmeza en la defensa de nuestros…
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