
Llevo una temporada muy húngara. El otro día me encontré en la calle a mi querido maestro de esgrima, Imre Dobos, que me emplazó a volver a la sala a mejorar con el sable. Mientras lo decía me miraba desde arriba —es sustancialmente más alto— con esos ojos tan magiares que parecen reflejar el cielo interminable de la puszta o la bruma que se eleva del Danubio una mañana de invierno en Budapest. La misma mirada, los mismos ojos ovalados como mandorlas, el azul como si lo vieras en un espejo empañado, los volví a notar sobre mí el jueves al conversar en el bar del hotel Alma con László Krasznahorkai, el premio Nobel de literatura. Entonces, mientras trataba de formular una pregunta a la altura de la prosa sin límites de autor, pensé en aquel pasaje de su Melancolía de la resistencia: “Se quedó mirando el vacío. El vacío, un alba ahogada cuya claridad lechosa no inundaba, sino que empapaba el cielo oriental”.






