
Cuando se instauró la República Islámica en Irán en 1979, esa dictadura que hoy se tambalea decidió, encomendándose al islamismo radical que defendían, que del cine persa desaparecerían las mujeres y el amor. Pero a la vez pensaron que el cine podía ser un arma ideológica de consumo interno antioccidental y una herramienta propagandística en festivales internacionales. En ausencia de prensa libre, en cambio, la explosión creativa de esa filmografía ha servido para que el resto del mundo comprendiera la falta de libertades que ahoga Irán, que ha acabado con los principales cineastas farsíes exiliados por Europa. Incluso Mohammad Rasoulof, en redes sociales, ha celebrado la muerte del máximo líder de su nación, el ayatolá Jameneí. Uno de los países más cultos del mundo —con un prestigiosísimo museo del cine en Teherán— sufre, de nuevo, otra ola de destrucción.







