
La primera noche que visité Londres, durante un viaje de paso del ecuador, terminamos de noche en el Soho. Habituados a los turistas pardillos, nos estafaron a gusto. Lo asumí como experiencia educativa; con el tiempo, incluso me acostumbré a instalarme allí, en un hotel en Wardour Street, estratégicamente situado entre espléndidas librerías y tiendas de discos. Tenía además la coartada histórica de su cercanía a Denmark Street, antiguo corazón de la industria musical británica, ahora consagrado al culto de la guitarra eléctrica.






