

Con 13 años, Carmela debe declarar ante un juez. También ante abogados y fiscales. Pero lo peor no es lo que tiene delante, está a su espalda: ahí se sientan, separados, su madre y su padre. Nerviosa, con ansiedad, la niña no sabe qué decir por mucho que le hayan pedido que cuente la verdad. Y lo desconoce porque se encuentra atrapada en un mundo de adultos, con unas exigencias que no son propias de su edad y el sufrimiento de la violencia machista.







