
En los años setenta Hollywood vivía haciendo equilibrios entre placas tectónicas: el andamiaje de los estudios se desmoronaba, y todo un ecosistema desaparecía. Por entre sus grietas, un grupo de cineastas se coló para dar a luz un puñado de obras maestras, que además reflejaban la incertidumbre social y el caos político en el que bullía Estados Unidos. En este 2026, el cine de Hollywood que ha llegado a los Oscar también está creado a espaldas del sistema alimenticio de las majors, es decir, ni superhéroes ni franquicias ni universos o multiversos. Ahora bien, para describir el descontrol que gobierna, en forma de presidente desde la Casa Blanca, aquel país y aterroriza al resto del mundo, los directores han tenido que recurrir a viajes en el tiempo. Hay mucho miedo a contar el aquí y el ahora: la alianza de Trump con los tecnobros asusta hasta a Sean Penn, que no recogió su Oscar (como sí había hecho con los dos ganados con Mystic River y Mi nombre es Harvey Milk). Curioso, cuando el personaje de Penn en Una batalla tras otra es físicamente igual a Gregory Bovino, comandante en jefe de la Patrulla Fronteriza, el temido ICE. Solo Javier Bardem fue capaz de decir clarito desde el escenario del Dolby cinco rotundas palabras en inglés: “Not to War. Free Palestine”. El resto, de perfil.






