
Lo que parecía una comida cotidiana en un comedor social de la ciudad turca de Mersin terminó convirtiéndose en una escena digna de pesadilla. Un comensal encontró un objeto extraño en su plato de “kavurma” —un guiso tradicional de carne— y encendió la alarma. Lo que descubrieron después dejó helados a todos: estaban comiendo carne de una yegua de carreras. La investigación del Ministerio de Agricultura reveló el detalle más perturbador: el objeto hallado era un microchip que pertenecía a Smart Latch, una yegua pura sangre de cuatro años que había competido en el hipódromo de Adana y que había sido retirada recientemente tras una lesión. El plato fue inmediatamente catalogado como “producto no seguro”. Los análisis confirmaron lo impensable: carne de “animal de casco único”, es decir, caballo, burro o mula, había sido servida a personas vulnerables sin su conocimiento. Mientras el escándalo crecía, el propietario del animal, Suat Topcu, aseguraba estar devastado. Había confiado la yegua a un transportista con la intención de donarla a un club de equitación, sin imaginar que acabaría en un matadero y, peor aún, en los platos de un comedor social. La historia dio un giro aún más polémico cuando las autoridades sancionaron al dueño con una multa de 132.000 liras turcas por no declarar oficialmente la donación, añadiendo indignación a un caso que ya sacude a la opinión pública. Lo que comenzó como un simple almuerzo terminó destapando un escándalo que mezcla negligencia, engaño y una cadena de fallos que hoy deja más preguntas que respuestas.
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