

Lo conocí gracias a un profesor de Literatura de secundaria, que tuvo la buena idea de darnos a leer los cuentos de Huerto cerrado y La felicidad ja, ja, y nunca más dejé de leerlo. Lo hice de manera intensa, febril, durante los años de universidad, llorando de risa con los enredos de Julius, Martín Romaña, Octavia de Cádiz o Pedro Balbuena, personajes tan reales, que me enseñaron tanto y con quienes entablé una relación de complicidad tan estrecha que, muchos años después, cuando por fin conocí a Alfredo Bryce Echenique, sentía que llevábamos tiempo siendo amigos.






