
En 1925, María Lidia Lloveras Doufur, princesa de Faucigny Lucinge, soñaba con reproducir en Buenos Aires su château francés. La Colorada Lloveras -así se la conocía por el color de su pelo- había heredado propiedades sobre la avenida Corrientes. A toda costa quería un castillo igual al de la familia de su esposo, el príncipe Bertrand de Faucigny-Lucinge, ubicado en el valle del río Arve, en los Alpes franceses.

En 1926 empezó a cumplir ese sueño con el encargo de los planos al arquitecto argentino Raúl Pérez Irigoyen, el artífice del proyecto que trasladó al Bajo Porteño la silueta del castillo francés.
Este año, el palacete que se levantó en un baldío celebra 100 años. Con el correr del tiempo, el Hotel Jousten se convirtió en una de las piezas patrimoniales de la trama urbana, que se distingue por su silueta en la Avenida Corrientes 280, esquina 25 de Mayo.


La princesa también impuso sus requisitos estéticos: los materiales nobles no se negociarían y la calidad sería de excelencia. Una decisión que, con el tiempo, permitió conservar el esplendor de las mayólicas que vinieron de España, las columnas talladas, y la escalera XXL de mármol de Carrara, más el mobiliario de la casa Nordiska, la firma fundada en 1902 en Estocolmo, clave en la modernización del diseño escandinavo en el siglo XX.
El Jousten dio que hablar apenas el entonces presidente Marcelo T. de Alvear cortó la cinta de inauguración. El hotel fue un referente para los pasajeros de transatlánticos que llegaban a Buenos Aires durante la Segunda Guerra Mundial. También para la realeza, aristócratas y miembros de la alta sociedad que lo consideraban una vidriera estratégica -y en el corazón de la ciudad- para sus reuniones. Entre los hallazgos tecnológicos, el Jousten fue uno de los primeros en tener fábrica de hielo propia.

Su arquitectura responde a una corriente del barroco español que en la ciudad también comparten el Teatro Nacional Cervantes y el Banco de Boston, proyectados en la misma época.
Hasta fines de la década del ‘70, todo era lujo y elegancia en esta joyita del centro histórico, que integra el catálogo de la compañía Minor. Pero los cambios en la economía y la situación social y política que desencadenó la dictadura militar funcionaron como la crónica de un final anunciado. El 30 de marzo de 1980 el hotel cerró sus portones de hierro de la entrada sin saber que esa decisión no sería temporaria. Pasaron 30 años, se remató la vajilla, se apolillaron los manteles y los cortinados de la Belle Epoque … En el archivo quedaron en color sepia las fotos de distintas personalidades, entre ellas Carlos Monzón, que festejaba en el bar cada pelea ganada (estaba a pasos del Luna Park).

Algunos pasajeros frecuentes compraron objetos icónicos cuando se enteraron del cierre. Y con la reapertura, el mismo hotel los contactó para adquirir esas piezas de museo: ceniceros de época, por ejemplo.
Después de someter al Jousten a una intervención quirúrgica a cargo del estudio de arquitectura Urgell-Fazio-Penedo-Urgell, los especialistas definieron el estilo del edificio como colonial de fuste español.

La restauración realizada en el año 2000 abarcó más de 4 mil 700 metros cuadrados y renovó las áreas de lobby, los salones, bar, restaurante y cocina. Respetó la tipología original del edificio, los patios y los gestos arquitectónicos que soñó la princesa María Lidia. Entre ellos, la herrería artística y la puerta con pilastras de orden dórico. Además, los trabajos de restauración permitieron rescatar las columnas ornamentadas del subsuelo, el cielorraso artesonado y los revestimientos originales de cerámica en la planta baja.

El sueño de una princesa lleva 100 años en pie, marcando la fisonomía del Bajo Porteño con identidad propia.






