
El primer desierto que conocí fue a través de un libro. Un libro mágico, El cielo protector (Paul Bowles, 1949), que hablaba del Sahara. Con el tiempo desarrollé una suerte de atracción por esos enormes espacios sin vida aparente, pero llenos de matices. Muy alejados de la noción de vacío, quizá más cerca del infinito. Con esa idea viajé al desierto de Atacama, en el norte de Chile. Persiguiendo un nuevo desierto.
Planeamos la travesía en camioneta alquilada –no 4×4– desde la capital jujeña y cruzamos los Andes por el Paso de Jama, a 4.200 metros de altura. El trayecto es todo asfaltado: primero la RN 9 hasta Purmamarca, luego la RN 52 hasta el límite internacional. Desde allí, directo a San Pedro de Atacama por la ruta 27.
El primer error que cometí fue bajarme del avión en Jujuy y manejar varias horas hasta el Paso de Jama, donde decidimos dormir. Desde la llanura, a nivel del mar, el cuerpo pasa factura si lo llevamos “de prepo”, sin aclimatación previa, a más de 4.000 metros. De modo que Carolina, la fotógrafa, y yo pasamos una muy mala noche.
Más allá de eso, la hostería del ACA es impecable; además, tiene oxígeno disponible y muy cerca funciona el puesto del SAME, las 24 horas. Pero nosotras, atontadas por la altura, no atinamos a nada hasta la mañana siguiente, cuando –oxígeno mediante–, comenzamos a mejorar lentamente.
Consejo: aclimatarse previamente en Purmamarca (2.200-2.300 m), en Susques (3.620 m, un poco más jugado) o cruzar directamente a Chile. Sin paradas serán unas ocho horas.
La pausa en Jama nos permitió conocer la estación de servicio más alta del mundo que, orgullosamente, es argentina. Allí, sí o sí, hay que cargar combustible.
El trayecto Jujuy-San Pedro recorre unos 475 kilómetros, pero lleva su tiempo: la altura ralentiza los motores y también los espíritus. Hay que estar dispuesto a parar y descansar cuando la puna se hace sentir. Las hojas y el té de coca en la cesta de pícnic ayudan, pero, sobre todo, hay que tomar mucha agua.
Cruzar la frontera fue un trámite simple que nos llevó unos 20 minutos. Entonces empezó la mejor parte del viaje, y pronto pudimos olvidarnos de los inconvenientes propios de la altura.
El Altiplano chileno es inmenso, está poblado de salares, lagunas y colores que cambian a medida que avanzamos. A lo lejos, siempre los Andes, omnipresentes. El paisaje es tan bello que todos los adjetivos suenan cursis, pequeños, imposibles. La inmensidad inquieta: todo está fuera de la escala humana.
Una serie de volcanes precede la entrada a San Pedro; el más significativo es el Licancabur, con una cima que culmina en un cono perfecto.
El pueblo es una suerte de oasis que se distingue como una mancha verde en el horizonte. Una aldea encantadora, polvorienta y cosmopolita. Allí la vida se desarrolla alrededor de la calle Caracoles, donde se concentran las principales agencias de viajes, casas de cambio y restaurantes populares, así como tiendas que venden equipos para salir al campo, artesanías y chucherías. Todo muy simple, muy hippie chic, aunque algunas tapias de adobe esconden alojamientos increíbles.
Al día siguiente nos levantamos a las cuatro de la mañana para nuestra primera exploración: descubrir el desierto desde el aire. La idea nos entusiasma porque elegimos volar en globo con la gente de Atacama Balloons, una travesía muy siglo XVIII, aunque con la tecnología de estos tiempos.
Los vuelos se organizan por la mañana. A la tarde, la presencia de los vientos hace imposible la experiencia. Aún no amanece y dos ventiladores gigantes convierten la tela inerte en un globo turgente y descomunal, con una cesta capaz de transportar a varios pasajeros.
João Da Costa, el piloto, maneja los quemadores que calientan el aire. Entonces ascendemos. Recién clarea. Ponemos rumbo al sur. Veintitrés metros, 100, 400, 800, y seguimos subiendo. Abajo se despliega el desierto y el comienzo del salar de Atacama.
Aquí y allí, las lagunas –en su mayoría de agua salada– salpican la geografía. La cordillera de los Andes, la antigua cordillera de Domeyko y enseguida la cordillera de la Sal, con su tono rojizo.
Estamos a sólo 40 kilómetros del límite con Bolivia, una frontera de volcanes de doble nacionalidad. Entre los picos más destacados aparecen el Licancabur, con sus 5.920 metros; el Sairecabur, un poco más alto; el Láscar, el más activo de la zona y, finalmente, el Putana.
Mas allá, el Valle de la Luna y el Valle de Marte. Hacia el final del salar se distingue una gran mina de litio, la segunda en envergadura a nivel mundial.
El globo se llama Montgolfier, en homenaje a los hermanos franceses Joseph y Jacques Montgolfier, quienes en 1783 inventaron el primer globo aerostático, entonces de papel. Como ellos, reeditamos el éxito de la jornada con una copa de champagne, quesos, panes y otras delicias que compartimos en la orilla del desierto.
Volvemos a Desértica, el hotel donde estamos alojados, emplazado al final de la calle Caracoles. El lugar fue construido sobre un antiguo huerto atacameño. Aromáticas y flores rodean las suites circulares, levemente sobreelevadas del suelo. De tanto en tanto aparece una pausa arquitectónica: una suerte de livings jardín, semiprivados, pensados para leer o relajarse a la sombra de los enormes pimientos rosados.
En el corazón del complejo está la piscina, rodeada de tumbonas para descansar junto al agua. Todo el complejo combina un estilo rústico y chic que invita a quedarse.
Un poco antes del atardecer nos pasa a buscar Juan Pablo Rivas, de On Safari Atacama. La propuesta es recorrer el desierto en buggy. Pasamontañas, casco y antiparras de rigor para protegerse del polvo. El vehículo, totalmente abierto, es ideal para una aventura que promete la dosis justa de adrenalina.
El recorrido comienza por el sur del salar de Atacama, a unos cinco kilómetros de San Pedro: una geografía de sabanita, como lo llaman aquí, donde aparecen cachiyuyos, breas, algarrobos y chañares. Continuamos por el borde del Valle de la Luna. A esta altura, el río San Pedro es apenas un cauce seco; el agua disponible se canaliza mucho antes para el riego de cultivos.
El desierto de Atacama ocupa casi un tercio del territorio chileno. Desde aquí se pueden contar 1.000 kilómetros hacia el norte y otros 1.000 hacia el sur. Cada seis u ocho años, las corrientes del océano Pacífico provocan una serie de lluvias que hacen florecer algunas zonas del desierto, un fenómeno que se da bastante más al sur, principalmente en el Parque Nacional Llanos de Challe. Es el llamado desierto florido. Lo anoto mentalmente en la lista de pendientes.
“Dentro de esta área hay un sector que llamamos desierto absoluto: una depresión entre la cordillera de la Costa y los Andes donde nunca llueve, más o menos a la altura de Antofagasta, Calama e Iquique”, agrega Juan Pablo.
Seguimos avanzando por el salar –que solo ocupa una porción del gran desierto– hasta una zona de dunas gigantescas y dejamos el buggy para sentir en los pies descalzos la caricia de la arena. Subimos, bajamos y nos sentamos a respirar hondo, agradecidas, mientras el sol inicia su lento ritual de retirada.
¿Cómo se formó el salar? La pregunta nos ronda desde hace días. Juan Pablo ensaya una respuesta: “Antiguamente, las montañas de los alrededores estaban cubiertas de glaciares. Con el paso de los siglos se derritieron y las aguas quedaron atrapadas en esta depresión. Se formó primero un lago y luego un pantano. El proceso de evaporación dejó un gran rastro de sal –el salar de Atacama–, una enorme extensión de 100 kilómetros de largo por 50 kilómetros de ancho”, concluye.
Más adelante nos detenemos para buscar rastros de zorros y vizcachas, huellas de guanacos y señales de roedores nocturnos.
Un poco después hacemos el último alto en Beter. Tiempo atrás fue el sitio donde los españoles recluyeron a los atacameños durante 200 años. Hoy está deshabitado, triste y melancólico.
A pocos kilómetros de San Pedro se extiende el Valle de la Luna. Se puede recorrer en auto por un camino central y tiene varias paradas con circuitos para explorar a pie. Esta geografía de piedra, arena y sal, erosionada por el viento y el agua, está atravesada por la cordillera de la Sal, que se prolonga hasta el vecino Valle de Marte, otro highlight de la zona.
El valle fue bautizado por el sacerdote jesuita de origen belga Gustavo Le Paige, quien llegó a San Pedro en 1955 y llevó adelante numerosas investigaciones arqueológicas y antropológicas en la región.
Nuestra primera parada es en la Duna Mayor y el Anfiteatro. Observamos las formaciones rojizas de arcilla, la arena oscura, las vetas blancas sobre la roca y el cielo plano, de un azul intenso, sin una sola nube. En algunas zonas, la tierra está cubierta por una capa blanca: la evaporita. Ahora no abunda, pero cuando comienzan las lluvias del invierno boliviano –en enero y febrero–, esa cubierta se extiende por casi todo el valle y le da un aspecto definitivamente extraterrestre.
La evaporita se forma por la precipitación de las sales disueltas tras la evaporación del agua, un proceso típico de regiones de cuencas cerradas como esta.
En el sector conocido como Mina Victoria se conservan los restos de algunas viviendas que alojaron a los trabajadores de una explotación de sal. Funcionó entre 1966 y 1991, cuando la popularización de la sal yodada desplazó a la sal gema. También llamada halita, esta variedad tiene una concentración de cloruro de sodio del 96% y es la que abunda en la zona.
Allí, el guardaparque Geraldo Bravo nos muestra el insólito método de construcción: bloques de cristales de sal apilados y revestidos con una mezcla de barro, arcilla y agua.
Al atardecer llegamos al mirador de Ckari. Como en una moderna torre de Babel, se escuchan conversaciones en idiomas entremezclados. De pronto, el sol se convierte en una esfera perfecta y brillante, y desaparece con una velocidad sorprendente.
Aún es de noche cuando nos sumamos al grupo organizado por la agencia Nómades para visitar los géiseres del Tatio, ubicados a más de una hora del pueblo.
Es necesario salir de madrugada porque las enormes columnas de vapor sólo se aprecian de seis a ocho de la mañana, cuando la luz y la diferencia térmica entre el agua y el entorno permiten ver este espectáculo en su máximo esplendor. Durante el resto del día, el campo geotérmico sigue activo, pero el show pierde impacto.
Conviene realizar esta excursión después de varios días en San Pedro (2.500 m), para que el cuerpo se aclimate y sufra menos los efectos de la altura. Los géiseres se encuentran a 4.300 metros, son los más altos del mundo y los terceros en extensión.
Cuando apenas amanece, estamos en el cráter del volcán Tatio Norte, que cobija unas 80 fuentes termales distribuidas en una superficie de 10 km2. La postal nos deja maravilladas: la tierra exhala decenas de bocanadas blancas, algunas altísimas.
Se cree que el Tatio tuvo su última gran actividad hace 27.000 años. Sin embargo, debajo de nuestros pies el magma sigue haciendo de las suyas y, al entrar en contacto con la roca caliente, genera cavidades donde se acumula el agua subterránea. Así se forman las cámaras magmáticas. El agua almacenada hierve a 86º –el punto de ebullición en altura– y busca salir perforando la superficie. Las fumarolas son la manifestación visible de este fenómeno.
En el campo se observa también una suerte de conos de distintas alturas: son las chimeneas que se forman en los géiseres más antiguos por la acumulación de minerales transportados por el agua, una sustancia conocida como geiserita. Desayunamos frente al campo geotermal. En silencio, intentamos guardar esta imagen para siempre.
De regreso en San Pedro nos mudamos al Hotel Cumbres. Ubicado en las afueras del pueblo, ocupa un predio de ocho hectáreas y está construido en piedra y madera, en versión cinco estrellas. Las habitaciones son amplísimas –52 m2–, cómodas y acogedoras. Cuentan con terraza privada que da a un jardín desértico. Pero lo mejor es el recinto de piedra junto al baño, donde uno puede ducharse desnudo, a cielo abierto, sin que nadie lo vea. Tres piscinas, dos jacuzzis exteriores climatizados, spa, sauna y restó completan los servicios.
Vamos a conocer el bofedal de Machuca de la mano de Valeria Heindl, creadora de Valeria’s Adventures, especialista en salidas a medida para grupos pequeños, orientadas a los fans del avistaje.
Valeria es salteña y hace unos 10 años se instaló en San Pedro. Además de guía, es una apasionada del conservacionismo, con foco especial en las aves. Participa en numerosas instituciones vinculadas al tema y maneja información que muchos de sus colegas no tienen.
Un bofedal es un humedal altoandino: un espacio con agua y vegetación durante casi todo el año, donde se desarrolla una biodiversidad increíble.
En Machuca se pueden observar flamencos chilenos, andinos y de James (también conocido como parina chica). “El mejor momento para visitar este sitio es el atardecer; por la mañana, está lleno de gente y las aves se estresan y se alejan”, explica Valeria.
Los flamencos llegan aquí para alimentarse de la Artemia salina, un diminuto crustáceo de apenas cuatro milímetros. “Por eso se la pasan comiendo todo el día, filtrando el agua para conseguir la cantidad diaria que precisan”, agrega.
Los vemos parados dentro del agua sobre una sola pata. “Es una manera de regular la temperatura”, aclara. Luego nos enseña a diferenciarlos por el plumaje: los ejemplares en edad reproductiva presentan un rosado intenso; los otros, de plumas blanco grisáceas, deberán esperar a la madurez, quizá una temporada más.
Los flamencos son migratorios y en invierno se trasladan a lagunas que no se congelan. Sin embargo, sus rutas aún están bajo estudio. “Las investigaciones detectaron que algunos ejemplares del flamenco chileno cruzan los Andes y llegan a Mar Chiquita (Córdoba), pero aún no se sabe con certeza cómo siguen esa ruta”, apunta Valeria.
Taguas, gansos andinos, patos puna y blanquillos del norte son algunas de las especies que detectamos a través de los binoculares. Antes de que caiga la tarde, nos acercamos al Cañón de los Cactus, muy cerca de allí, y caminamos a orillas del río Vilama.
La jornada siguiente la dedicamos por completo a recorrer lagunas de altura. Organizamos la excursión con Nómades, una de las agencias chilenas más reconocidas a nivel nacional, que ofrece en Atacama una amplia variedad de salidas.
El circuito asciende hasta los 4.200 metros y requiere aclimatación previa. Es indispensable llevar abrigo y moverse despacio en la altura para evitar descompensaciones.
Ponemos rumbo a la cordillera y desayunamos en la comunidad indígena de Socaire. Nos recomiendan té de coca o chachacoma, plantas tradicionales que ayudan a sobrellevar la altura.
Nos internamos luego en el salar de Atacama, el tercero en extensión del mundo, hasta su mismísimo corazón: la laguna de Chaxa. En el camino dejamos atrás todo rastro de civilización –conexión telefónica, internet, asentamientos humanos. Sólo queda la vida salvaje.
En la laguna se observan dos especies de flamencos: el chileno y el andino. Marlon Mendes, nuestro guía, asegura que esta ave es monógama y que las parejas duran toda la vida. Sólo si muere el macho, la hembra busca un nuevo compañero; si ocurre al revés, el macho deja de alimentarse y muere. Algunos ejemplares, sin embargo, optan por permanecer solos el resto de sus días. Según Marlon, la mejor época para verlos aquí es entre septiembre y octubre, cuando comienzan los rituales de apareamiento.
Los flamencos no dejan de sorprendernos, sobre todo cuando nos explican que alimentan a sus crías con un fluido rojizo, rico en grasas, proteínas y carotenoides, que producen en el tracto digestivo: la leche de buche.
Seguimos viaje hacia la laguna Miscanti, un espejo de agua azul oscuro rodeado de montañas. Muy cerca aparece la laguna Miñique. En sus orillas observamos un grupo de vicuñas. Las familias están formadas por un macho dominante que lidera a varias hembras con sus crías. Los machos juveniles son expulsados al alcanzar cierta edad y forman grupos inquietos y desordenados, siempre en disputa.
Presenciamos una de esas luchas. La persecución dura minutos eternos, es violenta y consiste en atacar al rival en los genitales para arrancárselos de una mordida. Por suerte, todo termina antes y cada vicuña se aleja sin que corra sangre.
Unos kilómetros más adelante hacemos un alto en el Salar de Aguas Calientes ll. Allí nos preparamos para caminar sobre una lengua de lava volcánica de ocho millones de años. Avanzamos sobre una piedra de tono rojizo anaranjado, con un 97% de concentración de óxido ferroso. Es una especie de mirador natural hacia el salar, cubierto de blanco en algunos sectores; en otros, asoma un agua celeste clarísima, irresistible.
El almuerzo nos encuentra de regreso en Socaire, donde armamos las mesas en la plaza del pueblo. Antes de volver a San Pedro, nos fotografiamos en el punto exacto por donde pasa el trópico de Capricornio, a los 23° 26’ 16” de latitud sur.
Los últimos días nos mudamos a Casa Solcor, un alojamiento muy agradable cuya propuesta combina el concepto de bed & breakfast con el de hotel boutique. Tienen la cocina siempre abierta y provista de lo necesario para prepararse una colación; también se puede utilizar a la hora del almuerzo y la cena, con lo que cada huésped disponga.
Las habitaciones son muy luminosas y se organizan en distintos módulos –y cuatro categorías–, como si se tratara de dos casas unidas. Están ambientadas con textiles atacameños, tienen pisos de madera y ventiladores de mimbre.
La piscina está rodeada por una galería con reposeras; otras se balancean, al estilo de cama de dos plazas, cubiertas con mantas rústicas, ideales para la siesta. Por la noche, ese mismo espacio se transforma en el sitio perfecto para espiar las estrellas de uno de los cielos más lindos del planeta.
Al norte de San Pedro, por ruta asfaltada, se llega al Valle del Arcoíris. El trayecto lleva una hora en auto; sólo hay que recorrer unos cinco kilómetros de camino de tierra y cruzar tres vados del río Grande. Entre febrero y marzo conviene consultar antes de ir, ya que el río suele crecer y el acceso puede volverse intransitable.
La geografía hace honor a su nombre y despliega formaciones que congregan colores sorprendentes: verdes con reflejos iridiscentes, anaranjados, marrones, blancos y violetas.
De regreso hacemos un alto en Yerbas Buenas. La reserva tiene varios aleros con petroglifos que ilustran la vida atacameña antigua: llamas, avestruces, zorros, chamanes, todos grabados en la piedra. Entre las rarezas se distinguen llamas preñadas y hasta la figura de un mono, una especie inexistente en la zona que probaría el contacto de estos pueblos con sus vecinos de la selva.
Por la noche vamos a cenar a Ephedra. Nos sacamos el equipo de trekkers y nos vestimos con los jeans más lindos que tenemos en la valija. Es nuestra noche. Caro trajo una mini muestra de un Twilly de Hermes que le regalaron en su último paso por el free shop. No es el perfume elegiríamos, pero allá vamos para sumar glamour a la salida después de días y días de caminos polvorientos.
Para llegar al restaurante hay que internarse al atardecer por los bordes desérticos de San Pedro, un trayecto que funciona como una suerte de ritual de preparación. En una casa ambientada para la ocasión, el chef Sergio Armella propone tres menús degustación de cinco, siete o nueve pasos, maridados con vinos chilenos. Los platos llegan en porciones delicadas y están elaborados con materias primas locales. Esconden una técnica precisa, casi quirúrgica, y mucho tiempo de elaboración: algunas fermentaciones llevan meses.
Carolina Colque, su socia, es la amable anfitriona y la encargada de guiar la experiencia. Entre las propuestas se cuentan: tarteleta de betarraga con paté de conejo, ricota de leche de cabra local y hojas de hierbabuena; mole de chañar con reducción de arrope; trucha con emulsión cítrica y un crocante negro elaborado a partir de cola, cabeza y aleta; y cabrito rostizado con aceite de trufas y puré de zapallo camote en versión crocante 3D.
Hace un tiempo el hotel Explora compró unas 7.000 hectáreas en los alrededores del Cañón del río Puritama. Hoy es la reserva privada más grande del norte de Chile. Allí trabajan en asociación con dos ONG –Alianza Gato Andino y The Nature Conservancy– con el objetivo de monitorear y preservar especies en peligro de extinción y proteger uno de los ecosistemas más ricos de la región.
La reserva se recorre a través de circuitos de senderismo que, por el momento, están disponibles sólo para los huéspedes del hotel. Las termas, en cambio, están abiertas a todo público.
Los baños termales se diseñaron sobre el curso del río y cuentan con ocho pozas de agua caliente, con temperaturas que oscilan entre los 25º y los 30º, rodeadas de vegetación.
El proyecto se integró de manera respetuosa a la naturaleza y suma una pasarela sobreelevada que conecta los distintos recintos acuáticos. Un plan soñado para descansar y relajarse. Ahí estamos nosotras, sumergidas en el agua tibia, rodeadas de montañas.
Llega el día de partir rumbo a la Argentina. Cruzamos la frontera y nos detenemos en Susques (3.896 m). La hostería Pastos Chicos, ubicada a pocos kilómetros del pueblo, casi en el cruce de la RN 52 y la RN 60, resulta el sitio justo para pasar la noche. Construida en piedra y madera, ofrece todo lo necesario para el final de la jornada, incluso restaurante.
Por la mañana seguimos camino hacia la capital jujeña con el recuerdo del desierto resonando en el alma. Entonces me viene a la mente algo que leí hace mucho tiempo, no recuerdo dónde: “El desierto es un lugar para perderse, encontrarse, ser otro”. Que así sea.
La mejor época para visitar San Pedro de Atacama es de marzo a mayo y de septiembre a diciembre. Hay menos turistas y buen tiempo. Si va en auto, chequee que el paso internacional esté accesible y las rutas sin nieve.






