
Más allá de la pasión que Benjamín Vicuña siente por el cine, la televisión y el teatro, el actor se abrió para contar su vínculo con los autos. Desde el momento en el que aprendió a manejar, pasando por buenas y malas experiencias, hasta su presente; hoy entiende al auto como una verdadera herramienta de disfrute y distracción.
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Su historia con el manejo se remonta a su juventud en Chile, cuando tenía muchas ganas de aprender a manejar, incluso antes de contar con la edad permitida. De hecho, recordó con LA NACION la situación entre risas nerviosas: quien comenzó a enseñarle a manejar un auto manual, con subidas y bajadas incluidas, fue su padre. Sin embargo, terminó su etapa de aprendizaje en una “escuelita de manejo”.
Ahora los roles se invirtieron y es él quien le enseña a manejar a su hijo. “Me pone nervioso, tengo que cultivar la paciencia. Mi hijo no terminó en la escuela de manejo; ahora van directo al automático”, comentó.
Muy distinta fue su propia experiencia: su primer auto significó mucho para él y fue un Volkswagen Escarabajo (Beetle), un modelo que en su país era todo un ícono para aprender a manejar. En esa etapa de su vida, incluso reconoció que tenía una inclinación por los autos rápidos, un gusto que con el paso del tiempo fue dejando de lado en favor de la seguridad y el confort.

Pasó el tiempo y, en la actualidad, Vicuña maneja un DS 7 E-Tense, un SUV híbrido enchufable que recientemente bajó su precio en US$18.000 y hoy se ofrece por $72.000. Al hablar de autos, explicó qué es lo que más valora: “Debo admitir que lo primero que me fijo no es lo mecánico, ya que me entra por los ojos. El diseño es fundamental, me gusta que sea sobrio. También presto atención a los asientos, la tecnología, el confort y la seguridad, aunque debo admitir que me gusta sentir el motor”.

Sobre su relación cotidiana con el manejo, confesó que intenta que el auto no sea un espacio de trabajo. “Trato de que sea un momento de relajo. Uso mucho Google Maps o Waze, aunque sepa a dónde voy, porque me deja más tranquilo. Aprovecho la pantalla del auto y es un lugar para escuchar música. Es un momento para mí, aunque cuando se suben mis hijos se apoderan de la música”, explicó entre risas.
También admitió que prefiere ir al volante antes que ocupar el asiento del copiloto, un rol que lo pone nervioso y lo lleva a dar demasiadas indicaciones. Además, sostuvo: “Soy más urbano. La última vez que salí a la ruta fue en Uruguay y está lleno de cámaras de fotomultas. Dentro de todo está bien, manejo tranquilo, pero hay que estar muy atentos. Además, no me gusta manejar de noche y menos en la ruta”, comentó.

Respecto al tránsito remarcó dos cuestiones que le generan ansiedad: recorrer pocos kilómetros en mucho tiempo —aunque aprovecha esos momentos para cambiar el chip, escuchar música y relajarse— y el comportamiento de algunos conductores. No es de tocar bocina, pero reconoce que “odia el gen ganador”, especialmente en quienes se mandan por la banquina para sacar ventaja.
A pesar de que el auto con el que cuenta tiene un alto nivel de tecnología, Vicuña afirma que solo utiliza un 40% de lo que el auto ofrece. “Soy old school, por ejemplo, para estacionar uso los espejitos aunque el auto tenga herramientas que facilitan esa maniobra. Sólo uso la tecnología en cosas que realmente necesito”, agregó.
No todo es color de rosas en cuanto a su vínculo con los autos. Una de las anécdotas que contó Vicuña, en diálogo con este medio, fue la vez que compró un auto usado y lo vendió al mes y medio. Y no fue por problemas mecánicos ni porque no le gustara el modelo, sino por algo mucho más simple: el color.
“Compré un auto blanco porque el vendedor me convenció, pero un día un amigo me dijo ‘la ambulancia’. Eso me mató. Me quedó el apodo y sentí que me había equivocado. El color es clave y ese no me gustó”, relató. Entre risas, agregó: “No lo hagan en sus casas, porque perdí plata”.

También recordó otra mala experiencia con otro auto del segmento premium —no el que tiene actualmente—, en el que tuvo serios inconvenientes electrónicos y costos de reparación muy elevados.
“Se trabó el manubrio y quedé parado en una salida de la Panamericana. Dentro de todo pensé: ‘menos mal que no fue en otro lugar’. Dejé el auto en la banquina y el problema era que no se podía destrabar: no lo podías empujar ni subir a una grúa. Cuento corto, tuve que ir con un ingeniero”.
Cuando le explicaron que se trataba de una falla de la computadora y que el arreglo era carísimo, la reacción fue inmediata: “Estoy envenenado”, concluyó otra vez entre risas.
Hoy, explicó, maneja para relajarse. Su relación con los autos es la misma con la que, entusiasmado, aprendió a manejar en sus primeros años de vida. Quiere transmitirle esa seguridad a sus hijos y aprovechar la tecnología para que manejar sea algo más vinculado al placer que al estrés de llegar rápido.






