El gaucho de carne y hueso que inspiró a Don Segundo Sombra

La NaciónLa Nacion31/03/202624 Views

¿Cuánto de Areco hay en Don Segundo? ¿Cuánto de Don Segundo queda en Areco? ¿Quién parió a quién; el gauchaje a la literatura o al revés?

Destrenzar esa madeja no es tarea sencilla. Menos aun cuando alguien, con maestría, se ocupó de anudarla para siempre. Su nombre: Ricardo Güiraldes.

Hombre pacífico, de picardía mansa: así describen al gaucho que inspiró a Don Segundo

Don Segundo Ramírez fue un hombre de carne y hueso: resero, domador, analfabeto, hombre de manos grandes, dos veces casado. Algunas reseñas agregan que era afrodescendiente. En apariencia, un paisano entre tantos. En los hechos: el humus de un mito. “Humus”, que significa “tierra” o “suelo” y da origen a términos como humilde y humano, podría arrojarnos una pista sobre el origen del mito.

Pero volvamos a Ramírez: hombre pacífico, de picardía mansa, como muchos de los paisanos de nuestra llanura. Llegó a Areco desde otros pagos —San Pedro, tal vez más lejos—. Varios pueblos se atribuyen hoy su cuna y sacan a relucir distintos papiros probatorios, pero lo cierto, más allá del lugar de nacimiento, es que era un gaucho y, como tal, andariego, “suelto”, errante.

Llegó a San Antonio de Areco desde otros pagos: varios pueblos se atribuyen hoy su cuna

Sabemos que fue peón, cuidador de animales y hombre de obraje. Sabemos que entraba y salía de los campos como quien respira. Donde había conchabo él solía arrimarse. Nada extraordinario. O sí: todo. Güiraldes lo vio. O mejor: lo reconoció.

Y en ese gesto —que es mitad mirada y mitad ficción— nació Don Segundo Sombra. No como copia, sino como condensación. No como un hombre, sino como todos. Todos los gauchos que Güiraldes pudo conocer y también de los otros, de los que tuvo noticias.

Fue peón, cuidador de animales y hombre de obraje

La novela, que algunos también identifican como poema, fue publicada en 1926. Llegó cuando el gaucho ya no era una amenaza. Ya no huye de la ley como lo hizo Fierro, ya no es el hombre sin pago ni patrón: de a poco se va volviendo emblema. Un modo de ser, una ética. La palabra gaucho, incluso, se va convirtiendo en cucarda cuando hasta hace poco era insulto.

Güiraldes le toma el pulso a esa evolución. En Fabio Cáceres —el narrador— se cifra ese aprendizaje: no solo el oficio, sino la forma de ver y estar en el mundo: la lealtad, la templanza, el silencio justo. Don Segundo enseña sin explicar: con el cuerpo, con el gesto, con la distancia.

Güiraldes conoció al gaucho que inspiró a Don Segundo SombraResero, domador, analfabeto, hombre de manos grandes, dos veces casado. Algunas reseñas agregan que era afrodescendiente.

Pero esta historia envuelve otra más íntima: durante los años de escritura, Güiraldes atravesó la enfermedad de Hodgkin, un tipo de cáncer del sistema linfático que se manifestaba en un cansancio atroz y una conciencia cada vez más cercana de la muerte. En esa tensión entre la vida que se apaga y la figura que se eleva, se escribe el libro. Don Segundo es lo que Güiraldes busca ser: dominio de sí y serenidad. Fabio, en cambio, es lo que todavía es: impulso, aprendizaje, herida. Dos caras de una misma moneda, en una novela que no es solo un retrato del mundo campero, sino también un pasaje a la propia muerte del narrador.

Y si alguien se asoma a Areco y fuese capaz de mirar con el gesto de Güiraldes, verá que hay imágenes que aún persisten: el paisano acodado en un mostrador lustroso, un hombre que cuenta mientras sostiene un vaso pequeño, el sonido de los cascos de un pingo que golpea el asfalto, los pastos que crecen en la ochava de ladrillo, un saludo respetuoso y grave de alguien que cruza, el paraisal que nunca fue podado, un cuchillo cruzado que asoma en la cintura… Como si la Argentina gaucha cupiera en ese pueblo.

Segundo Ramírez tomando mate en el campo

Güiraldes finalmente murió en París en 1927 y fue traído de regreso. Don Segundo lo acompañó en el cortejo. El personaje despidió al autor. Murió Güiraldes y nació un mito que Areco aún sostiene y tornea. El pueblo real y el pueblo imaginado ya no se distinguen del todo. Tal vez nunca se distinguieron.

Areco tuvo la suerte de contar con Güiraldes, y éste con un don de ver, sentir y contar. Pero hay que decirlo: el afortunado pueblo cuenta con un mérito difícil de lograr: haber sujetado al gaucho andariego en un sitio, como asumiendo aquel destino que señalara Güiraldes. Al final, el auténtico Areco es una poética invención de la realidad.

Segundo Ramírez junto a Ricardo Güiraldes: un encuentro real

*Juan Pablo Baliña es cronista, investigador e historiador. Lidera el Archivo Visual Argentino, una comunidad de especialistas que busca tender puentes entre los archivos y la divulgación. Es, además, uno de los investigadores de historias familiares más requeridos de la Argentina, por su rigurosidad combinada con una narrativa atractiva y potente. Su último libro se titula Paisanos, gauchos, indígenas y gringos con un país adentro Archivovisualargentino@gmail.com

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