
Javier Milei actúa como alguien que siente el piso moverse. “A mí no me van a llevar puesto como a Macri”, advierte en el momento en que la oposición languidece, el Congreso le cumple todos los deseos y su gobierno se dispone a reconfigurar a gusto el Poder Judicial. Se trenza a gritos e insultos con el kirchnerismo, denuncia conjuras para derrocarlo, sugiere una traición de Victoria Villarruel. ¿A qué le teme un presidente que no para de ganar poder?
El aspecto teatral es inherente a Milei, como alguna vez describió su admirado maestro español Jesús Huerta de Soto. Interpreta como nadie el papel del desvalido que lucha contra entidades superiores en nombre del bien común. Pero el desfase entre ese truco narrativo y el dominio que hoy ejercen los libertarios sobre el tablero político argentino es la expresión de un síntoma: el presente no discurre como la Casa Rosada había proyectado.
El músculo defensivo de Milei se tensó en la última semana cuando los ataques contra Irán de Estados Unidos e Israel inyectaron volatilidad e incertidumbre en los mercados globales. Un sentido de urgencia se apoderó del equipo económico, que exhibe como su gran éxito la estabilidad cambiaria y la calma financiera, construida sobre bases todavía muy frágiles: escasas reservas, peso sobrevaluado y alto endeudamiento.
Un mundo en guerra agiganta los peligros para un país con el historial argentino. No es casual que Milei aludiera al destino de Macri, a quien se le desmoronó la ensoñación hegemónica en 2018 con un vuelco en los mercados, por culpa de conflictos externos que parecen un juego de niños comparados con los de hoy.
En el Gobierno se resignan a que las buenas noticias económicas van a tardar. Milei declaró en la Asamblea Legislativa que “la malaria terminó” como quien anuncia la luz al final de un túnel. Los números se empeñan en matizar la euforia. La recaudación impositiva cayó en febrero un 9% real. Son siete meses consecutivos en baja. El empleo registrado se destruye en casi todo el país, como expuso involuntariamente el gobernador de Mendoza, Alfredo Cornejo, cuando celebró en un tuit que su provincia estaba en el podio del mejor desempeño a pesar de que perdió trabajadores en los dos primeros años de Milei. Solo Neuquén y Río Negro registran cifras positivas.

El proceso de desinflación se estancó en una meseta cercana al 3% mensual a pesar del ajuste del gasto y de la apertura comercial que irrita a los industriales. El ministro de Economía, Luis Caputo, se vio tentado de repetir la promesa de Milei de que en agosto el índice “empezará con 0”. Al final agregó un “y si no será un poco más tarde” surgido del fondo de su conciencia.
Caputo transparentó la ansiedad que invade al Gobierno cuando llamó a los argentinos a llevar los dólares al banco. “Los ahorros en la Argentina están en dólares. Y nosotros necesitamos que esos dólares vengan al sistema financiero para que pase esto que nosotros dijimos, para que empiece a haber crédito”, reclamó. Dijo que era un “acto de responsabilidad social”. Se entregó al bombardeo opositor, que recordó que el ministro tiene la mayoría de sus ahorros declarados en el exterior, a resguardo del riesgo argentino.

Había un fin superior. La inyección de fondos destinada a revivir el crédito es la gran esperanza del equipo económico con vistas a acelerar la reactivación sin desviarse de los objetivos fiscales. El Banco Nación ilustró esa necesidad con una curiosa publicidad en la que colchones parlantes aconsejan aprovechar la ventaja de sacar los dólares y llevarlos al circuito formal.
Como indica el último informe de la consultora 1816, “parece que el mercado le está moviendo el arco al Gobierno”. El riesgo país no baja a los límites que permiten colocar deuda soberana a tasas razonables. Se le reclamaba a la dupla Caputo y Santiago Bausili (presidente del Banco Central) que compraran divisas para reforzar las reservas internacionales. Lo hicieron, pero ahora eso es una “condición necesaria, pero no suficiente”.
Milei y Caputo decidieron dar marcha atrás con una colocación que se había conversado con JP Morgan, Morgan Stanley, Goldman Sachs y Templeton. Consideraron que salir con un interés de 9% o más era una apuesta insostenible. El giro provocó la renuncia del secretario de Finanzas, Alejandro Lew.
La incertidumbre económica dispara los temores de Milei. En la Casa Rosada asumen que tienen una ventana finita de cuatro a seis meses para empujar las principales reformas que pretende el Presidente para liberalizar la economía. Después, la especulación electoral volverá a teñir las decisiones de los aliados y acaso también de los propios. Ya lo vivió el año pasado después del paseo legislativo de 2024.
El puente de hielo hasta el despegue económico corre riesgo de alargarse con la disrupción mundial que provoca la política de Donald Trump, el “amigo” que volvió a recibirlo en Estados Unidos. Resulta prioritario que en ese lapso no se ahonde la sensación de zozobra económica. Milei optó por reflotar el “riesgo kuka” como un seguro para atravesar un territorio desafiante. La dinámica de “ellos o nosotros” ha resultado de gran eficiencia para abroquelar a los aliados.

La Asamblea Legislativa lo probó otra vez. Milei llamó “chorros y asesinos” a los kirchneristas, en un discurso deshilachado por las interrupciones que convirtió al recinto del Congreso en un patio de colegio. Pero logró marcar la grieta que diluye cualquier intento de discutir matices. Hasta los diputados del Pro declararon que “lo importante no son las formas sino el fondo”, en una enmienda a la totalidad de aquello que presentaban como su diferencial con los libertarios.
Al agigantar a una oposición débil y sin liderazgo, el Presidente demora además el peso de la responsabilidad. ¿Hasta cuándo la culpa por el progreso que no llega será de los que gobernaron antes? En la respuesta a esa pregunta reside una clave de lo que vendrá, vinculada a la tolerancia social al programa de ajuste.
En la visita al Congreso, el relato de David contra Goliath quedó afectado por el tinte soviético de la transmisión oficial de la cadena nacional. La decisión de enfocar solo a los libertarios –y negarles siquiera un plano a los opositores- retrató a Milei como apenas un líder irritado antes que como víctima valiente de un poder intimidante.
La contradicción no lo intimida. Pide unidad nacional mientras no puede sostenerle la mirada a su vicepresidenta. Anuncia políticas de Estado y agita a la vez el pánico de una oposición “corrupta y prebendaria” que, de triunfar, tiraría para atrás todas las leyes que él promueve.

En la búsqueda de consolidar cambios difíciles de revertir, el Gobierno pisó el acelerador de la transformación judicial. Hay 364 vacantes acumuladas en la Justicia nacional y federal que los libertarios podrían ocupar si negocian con la oposición dialoguista. Es un botín capaz de blindar, por un buen tiempo, las mayorías operativas que ostenta hoy en el Senado y la Cámara de Diputados. Podría actuar, en paralelo, como un freno a los intentos de parir un frente antimileísta anclado en el peronismo.
A Milei le presentaron a Juan Bautista Mahiques, el nuevo ministro de Justicia, minutos antes de que se anunciara su designación. Su hermana Karina lo había aprobado y no se requería otro sello. Ella se anotó un triunfo acaso decisivo sobre su rival interno, Santiago Caputo, que promovía para ese lugar a Sebastián Amerio, el anterior secretario de Justicia.

Amerio finalmente sobrevivió con un pase providencial a la Procuración del Tesoro, donde el gobierno libertario se permitió un desliz en su dogma de austeridad estatal: para abrirle espacio tuvo que crear una nueva “subprocuración” donde ubicar al anterior jefe de los abogados del Estado, Santiago Castro Videla. A veces sí hay plata.
Milei no habló con Caputo mientras su hermana ajusticiaba a Amerio. Como hizo otras veces, buscó contener a su asesor estrella con un abrazo exageradamente largo durante el acto de asunción del nuevo ministro, ante la mirada socarrona de los vencedores. La SIDE es ahora la última fortaleza del caputismo. Karina y los primos Menem miran con codicia a la agencia de espionaje, pero saben que es una cancha extremadamente sensible para ponerse a jugar internas de palacio.
El vínculo de Mahiques con los dirigentes de la AFA acusados de corrupción no inmutó a Milei. Y eso que el domingo entró enardecido al Congreso en gran medida por la furia que le provocó que Claudio “Chiqui” Tapia hubiera operado a sus espaldas para repatriar de Venezuela al gendarme Nahuel Gallo. ¿O sería simplemente la frustración por la ignorancia en que vivió el episodio su gabinete en pleno?

Del nuevo ministro, los Milei esperan prestaciones que no podía darles el antecesor, Mariano Cúneo Libarona. Le pusieron como prioridad poblar los juzgados vacantes de todo el país y desplegar sus artes diplomáticos en un ámbito donde se mueve como un miembro más de la familia. Karina tiene un ojo y la mitad del otro en el movimiento de causas que podrían afectarla a ella y a su hermano, como $LIBRA y el escándalo de corrupción en la Agencia de Discapacidad (Andis). El Presidente ya mostró en la Asamblea Legislativa la irritación que le provoca la sola mención de esos casos.

Fue sugestivo que Mahiques restara importancia a completar la Corte Suprema, a la que le faltan dos integrantes, y la Procuración General (el jefe de los fiscales). Fuentes de la Casa Rosada lo traducen como un mensaje de “prudencia y buena voluntad” a los actuales cortesanos, en especial a su presidente Horacio Rosatti. “Aprendimos del fracaso del intento de poner a Ariel Lijo sin consensos. Esas fibras hay que tocarlas con cuidado”, añadió la fuente.
La secretaria general de la Presidencia supervisará lo que pase en la Justicia. Confía ciegamente en Santiago Viola, el nuevo secretario de Justicia, que fue quien le propuso a su íntimo amigo Mahiques ser ministro. El segundo que elige al primero: Cristina Kirchner aplaudiría.
Viola es un abogado en cuyo currículum público resalta una acusación por plantar testigos falsos para beneficiar a los hijos de Lázaro Báez, a quienes defendía. ¿Será esa la “moral como política de Estado” que proclama Milei? Detalles del pasado. El funcionario cumple hoy con el requisito esencial de la obsecuencia. El jueves, en televisión, declaró con Mahiques delante que él tiene la suerte de “contar con un gran jefe”. Pero necesitó aclarar: “Primero El Jefe… y el ministro también”. Ave Karina.
Milei proclama que 2026 será “el año de la grandeza argentina”. Se envalentona con lanzar diez paquetes de reformas, revisar el Código Civil, el Penal, el sistema tributario, la ley electoral. Promete una arquitectura institucional para los próximos 50 años, en una alusión que deja entrever el sueño de una Constitución nueva, más libertaria que liberal.
Su ambición choca con un presente de hostilidades. Necesita que la guerra en Medio Oriente no le vuele los mercados, que la gente le confíe los dólares, que la inflación vuelva cuanto antes a la tendencia declinante. La distancia entre la épica del plan y la fragilidad de las condiciones encierra una paradoja: cuanto más grande el proyecto, más intenso el miedo a que algo lo haga descarrilar.
Cuando advierte que a él no se lo van a “llevar puesto” reafirma que él es distinto a otros presidentes que creyeron que el mérito de sus reformas se impondría por su propio peso y subestimaron la capacidad del sistema para devorarlos. Avisa que conoce la trampa y también que todavía no ha conseguido escapar de ella.






