
Es todo tan impostado que sus cortinas de humo no cuelan. Ni siquiera con un tema que afecta al mundo como el conflicto entre Estados Unidos e Israel con Irán. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se ha entregado al espíritu de Zapatero, rescatando el «no a la guerra» para esconder su verdadera estrategia: tensionar porque es lo que conviene. Si hay alguien que celebra el ruido y, especialmente, el humo de las bombas es, justamente, el marido de Begoña. Y más si estas provienen del país norteamericano y de Israel, porque le permite agitar al votante de izquierda y de extrema izquierda contra el enemigo predilecto. Posicionarse como el «referente mundial antitrumpista» y generar de forma irresponsable un impasse con la Administración Trump —con todas las consecuencias que puede tener para nuestro país, tanto en defensa como en lo económico— le viene como anillo al dedo para que ni su militancia ni la opinión pública hable de la corrupción que rodea a su Ejecutivo, su partido y su círculo íntimo. Sánchez no quiere que se hable de su pésima gestión ni que recordemos a su mujer, pentaimputada; a su hermano, procesado; a sus dos secretarios de Organización, procesados —uno actualmente en prisión—; los chanchullos y juergas durante la pandemia; su suegro proxeneta, que presuntamente financió su campaña en las primarias del PSOE; los pucherazos que habría dado en las primarias internas de Ferraz en 2014 y en 2017; o el sobre que tiene Aldama y que demostraría la financiación irregular del partido. Pese a sus intentos, la Justicia sigue avanzando. Tras el fracaso de la jugada de Ábalos y Koldo, el Tribunal Supremo los sentará en el banquillo de los acusados —junto a Víctor de Aldama— el próximo 7 de abril. El proceso judicial, además, contará con figuras relevantes…
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