
No eran, aun siéndolo, meras letras, palabras, líneas, párrafos, páginas, libros. Eran gemas. Las iba extrayendo António Lobo Antunes de las minas subterráneas de su fecunda aunque cruel imaginación, la personal primero, la literaria después, hasta hacerlas una, esa donde confluyen las nostalgias de lo que hicimos y las frustraciones por lo que ya no podremos hacer.






