Los avatares políticos y el rumbo económico

La NaciónLa Nacion29/03/202619 Views

La Argentina es un gigante dormido. Hace muchas décadas que duerme el sueño populista que alentó lo inviable, bloqueó lo acertado y malogró lo posible. Al impedir su despliegue, se frustraron las expectativas de las nuevas generaciones y hace dos años, ante el clímax del fracaso, se hizo ineludible rectificar el rumbo y despertar al gigante sabiendo que sus primeros meneos provocarían quejas y daños colaterales.

Por esa razón sucesivos gobiernos evitaron despabilarlo y, en lugar de ponerlo de pie, optaron por ignorar las causas y aplicar remedios que lo agravaron. Una suma de calamidades puso al borde de extinción nuestro cuerpo social mientras se carecía de convicción política para detener la catástrofe. Gasto público desbordado, emisión descontrolada e inflación desbocada. Pobreza creciente y desempleo. Solo subsidios, controles, cepos, cupos, planes y comedores para disimularlo. Mientras se hacían fortunas intermediando SIRAs y medrando con la corrupción, se destruyó la moneda, desapareció el crédito y todo el ahorro se destinó al Estado, con un pasivo cuasifical equivalente al 10% del PBI y una pobreza sin parangón.

Esa fue la encrucijada del año pasado y el desafío que se debió afrontar entonces y que se debe afrontar ahora. No había ninguna otra alternativa más que detener esa vorágine, interrumpir los desatinos y aplicar la antigua regla del dos más dos es cuatro en un contexto de fuga de capitales, absoluta desconfianza y rechazo por la moneda local. Entre tanto, el mundo cambia con la irrupción de la inteligencia artificial y la avalancha china en todos los continentes. Si en el pasado podíamos pensar en adaptar gradualmente la estructura productiva a las demandas del comercio tradicional, ahora no hay más tiempo (como tampoco lo tienen los países europeos) y se debe acelerar la transición para sobrevivir, potenciando fortalezas y fortaleciendo debilidades. Esa es la única fórmula, aquí y en cualquier lugar del mundo, para dar el bienestar que la gente reclama y que nadie nos regalará por amor a Messi.

Sin embargo, a diferencia de otras naciones en igual situación, la Argentina carece de moneda y de crédito para aliviar la reconversión. Como acertadamente lo acuñó nuestro director de contenidos, José del Río, el rebote económico no es en V, ni en L, sino en K. Algunos sectores están creciendo a gran velocidad (pata superior de la letra K) mientras otros sufren cierres y despidos (pata inferior de la letra K). Pues así se despereza el gigante cuando despierta y comienza a moverse.

El auge se refleja en casi todas las provincias. Las agropecuarias, desde la pampa húmeda a los cultivos regionales, se expanden por la demanda mundial de alimentos, aunque algunas sufran por la crisis de la vitivinicultura, el costo de los agroquímicos o el “atraso cambiario”. Las que tienen recursos mineros, crecen por la demanda de minerales críticos. Y las que tienen petróleo y gas, por el cierre del estrecho de Ormuz. Y si bien no demandan mucha mano de obra directa, la prosperidad que crearán a su alrededor impulsará el desarrollo de industrias proveedoras, la construcción de galpones, viviendas y oficinas, el despliegue de comercios y una enorme variedad de servicios conexos. A su vez, los gobiernos tendrán mayores recursos para invertir en educación, salud e infraestructura en beneficio de quienes se instalen en sus localidades. Con esas condiciones favorables para la residencia permanente, también habrá flujos de jóvenes que busquen en el interior nuevos horizontes, con iniciativas antes impensadas, como negocios en redes, servicios profesionales a distancia o variantes innovadoras de economía del conocimiento.

La regla del déficit cero es la única ancla disponible para crear un horizonte de confianza y reducir el riesgo país

Por contraste, la reconversión ahora impacta negativamente sobre el conurbano, con cierre de industrias y despidos. Y ese es el cascabel que nadie le quiso poner al gato. Un gobierno tras otro, en lugar de crear incentivos para la competitividad, optaron por perpetuar una estructura incapaz de insertarse en el mundo. Promociones regionales, bancos de desarrollo, créditos baratos, barreras antidumping, compre nacional, regulaciones técnicas y tantos otros mecanismos para postergar lo ineludible y aumentar el costo social de la inevitable transformación posterior. Como una tormenta perfecta, las plataformas digitales, las compras por internet, la ausencia de crédito, la presión fiscal y la industria del juicio asfixian a muchas Pymes que intentan competir.

También hay reclamos porque “la plata no alcanza”. El año pasado, ante el riesgo de que volviese el kirchnerismo, el público se dolarizó y las tasas de interés subieron para retener los pesos en el sistema. Como una guadaña mortal, la desconfianza política siempre aumenta el riesgo país y provoca recesión como la que aún sienten los bolsillos y que debería revertirse en el segundo semestre. Las clases medias, las más quejosas, gastan en servicios que antes eran baratos en dólares, pero con estabilidad les resultan impagables. ¿La razón? Viven en un país que se empobreció durante los últimos 15 años. El PBI per cápita casi no crece desde 2011 pues el populismo alentó con inflación el consumo artificial, ahuyentando la inversión.

Sin moneda y sin crédito no hay atajos para mejorar los ingresos hasta que se recree la confianza y aumente el ahorro interno. Y tampoco servirá un giro “productivista”, pues nada quedó en la caja de herramientas que Sergio Massa abandonó en su oficina, al huir del famoso quinto piso del Ministerio de Economía, oculto tras una nube de billetes sin valor y una inflación del 200% impulsada por un déficit del 15% del PBI.

Hasta la poderosa Alemania está en decadencia por un sistema corporativista que la anquilosó con su rígida trama de gobierno, bancos, empresas y sindicatos que impiden las reformas. Su producción industrial es 17% inferior a 2017 por el estancamiento automotriz, la dependencia energética y el colapso demográfico. Es una crisis de base, con dos años consecutivos de recesión (2023-2024) y un leve crecimiento posterior. Por evitar la reconversión, en el país de Bismarck no hay start ups, ni innovación como en Estados Unidos, India o Canadá. Como contracara, la Polonia invadida por Alemania en 1933 y que abandonó el comunismo en 1989, adoptó una economía abierta, con incentivos a la inversión y al desarrollo tecnológico. Su crecimiento promedio entre 2020 y 2025 supera el 2,8% y en 2025 alcanzó el 3,6% siendo ahora la vigésima economía mundial. Y si Alemania paga un costo tan alto por su rezago, ¿cómo podría sobrevivir la pobre Argentina con una estructura fabril mayormente perimida?

A menos que se quiera dar marcha atrás y volver al pasado, es inevitable asumir el costo de la transición y afrontarlo con pocas armas, por no tener moneda ni crédito. La regla del déficit cero es la única ancla disponible para crear un horizonte de confianza y reducir el riesgo país. Como el impacto negativo del ajuste tiene más resonancia en el conurbano, donde están los votos, podría afectar los resultados electorales del año próximo. Es el riesgo implícito de la transformación y la razón por la cual fue evitada por todos los gobiernos anteriores a costa de hipotecar un futuro, que ya llegó.

En ese sentido, no se debe identificar el actual programa con la persona de Javier Milei, ni con sus avatares políticos. La volatilidad de los pareceres colectivos no debe poner en riesgo el rumbo económico en curso ya que, con matices, es el correcto. Si la Argentina repitiese en 2027 la experiencia del 2001, como si sus ciudadanos sufriesen el Síndrome de Estocolmo, costaría muchas generaciones recuperar el nivel de vida que se tiene ahora, a pesar de tantas quejas, críticas y lamentos.

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