Poco antes de morir José Guirao —Pepe para los amigos— reunió a su círculo más cercano y le contó dónde guardaba todo aquello que había escrito durante su vida y que nunca había publicado. Las letras dormían en diferentes pendrives y ordenadores, también en todos los cuadernos que le gustaba comprar, en la casa de Madrid, en su pueblo Pulpí, Almería, en La Vera, Cáceres, un refugio donde cuidaba su jardín japonés, paseaba con los perros y escribía para que nadie le leyera. Por ahí se encontraba desperdigada una obra dispersa e inconclusa consistente en poemas de juventud, apuntes, notas, alguna obra teatral, algún intento de novela. “Haced con ello lo que creáis conveniente”, les dijo.






