La hostería familiar con alma de hogar y habitués desde hace 52 años

La NaciónLa Nacion16/05/202622 Views

SAN CARLOS DE BARILOCHE.- La luz tibia del otoño se cuela por una de las ventanas de la Hostería Katy, en el barrio Llao Llao. Sentado en su sillón y con las manos sobre el bastón, Antonio Kastelic –que no parece de 97 años, pero los tiene– narra las experiencias que lo trajeron de Eslovenia a este rincón patagónico.

Antonio nació en Novo Mesto en 1928. Con solo 16 años, tras la guerra, tuvo que huir de su país –que formó parte de Yugoslavia y en ese momento pasó a estar liderado por el famoso mariscal Tito– porque había combatido la guerrilla comunista. Salió a pie y, junto a otros dos compañeros, tardó una semana en llegar a Austria. “Allí, a los que éramos militares, nos dijeron que nos mandaban a Italia. Pero los trenes eran enviados, en realidad, de vuelta a Eslovenia. El comandante nos advirtió que era un engaño y nos dio permiso para desertar. Entonces caminé hasta Italia, ahí estuve en cinco campos de refugiados diferentes. El último fue en Nápoles y de allí me fui a Génova. Tomé un barco y 98 días después aterricé en Buenos Aires”, sonríe.

El lugar tiene siete habitaciones sencillas por las que han pasado decenas de huéspedes que se volvieron habitués

Mientras muestra fotos de sus padres de jóvenes y las de su infancia, la hija de Antonio, Adriana –que tiene 50 años y hoy maneja la hostería familiar–, suma que como su padre era un fugitivo de la guerra tuvo una doble identidad: firmaba como Alfonso las cartas que le enviaba a su familia, para que no fueran censuradas.

Luego de tres días en el Hotel de Inmigrantes, le avisaron que había una convocatoria en el aeropuerto de Ezeiza. Antonio trabajó en el Barrio Uno y vivía en un galpón con unas 150 personas. Sabía algo de italiano y en el periplo hacia Argentina estudió algo de castellano, así que se manejaba con el idioma.

Junto a Katy, Antonio supo construir esta hostería que se inauguró en 1972 y que aún conserva ese calor de hogarFotos históricas de los anfitriones y los huéspedes que pasaron por la hostería

“No tenía ningún oficio. Pensaba que cuando llegara a Buenos Aires podría estudiar en la universidad, pero solo tenía dos liras italianas cuando llegué. Me mandaron de peón y me metí en un taller de carpintería. Fui conociendo las herramientas y me eligió un capataz para hacer distintas obras, en el edificio de la CGT y la Facultad de Ingeniería. Como tenía una base, después me fui por mi cuenta, a trabajar un año a Misiones. Aprendí mucho, incluso a hacer techos”, afirma orgulloso.

En enero de 1960 llegó de vacaciones a Bariloche y una nevada veraniega lo obligó a quedarse más días de lo pensado. Y aquí volvió a empezar. Se dedicó a la construcción y vivió muchas aventuras hasta que se topó con el amor de su vida. “Uno solo no vale nada, pero en compañía se puede hacer mucho”, dice Antonio al recordar los años en que conoció a Katy -Catalina Krusic-, que había llegado de Eslovenia en 1955 y vivía con unos tíos a pocos metros del lugar en que ahora él pasa revista a su historia. Se conocieron en 1965 y se casaron al año siguiente.

Si bien hoy sólo sirven el desayuno a los huéspedes, la gastronomía casera sigue siendo el distintivo y Adriana heredó la buena mano de su madreUn rincón de la hostería, con biblioteca y sillones tapizados con flores

El pueblo natal de ella está a 70 kilómetros de Novo Mesto, pero en un país tan pequeño, eso resultaba una distancia enorme: hablaban dos dialectos distintos, tenían costumbres y comidas típicas diferentes. Sin embargo, el trabajo duro fue su gran motor.

Katy había trabajado varios años en el hotel Llao Llao y, con Antonio, se encargaron durante tres años de la primera confitería que hubo en la base del Cerro Catedral, en el Club Argentino de Ski. Trabajaban 16 horas al día. “Mi mamá siempre dijo: ´¿Cuántos kilómetros de apfelstrudel hay dentro de esta hostería?´ Porque fue en esa confitería donde ellos ganaron el dinero para construir esto. Y todo era a base de tortas, de sopas. Mamá era muy aplicada, todo lo que hacía, lo hacía muy bien, cocinaba como la mejor. La hostería se hizo famosa por su cocina. Aprendió con grandes maestros pasteleros, inmigrantes como ella. Justo el otro día estuvimos almorzando con una señora de unos 70 años que es la hija de quien fue el maestro que le enseñó a mi mamá, el que fundó la pastelería de Chocolates Del Turista”, remarca Adriana. Katy falleció hace pocos meses, pero su hija mantiene ese espíritu: sabe que no hay nada que convoque como una buena mesa.

Antonio y Katy en los inicios de la hostería en BarilocheAntonio Kastelic narra las experiencias que lo trajeron de Eslovenia a este rincón patagónico

Antonio hizo los planos y supo construir esta hostería que se inauguró en 1972 y que aún conserva ese calor de hogar. El lugar tiene siete habitaciones sencillas por las que han pasado decenas de huéspedes que se volvieron habitués. “La gente lo que más aprecia acá es el contacto humano, que siempre tenés tiempo para ellos, sos amable. Esa es la base de todo”, sostiene Antonio.

Recuerda que Katy soñaba con tener un salón de té, pero él le propuso hacer una hostería chica, que pudieran atenderla juntos. La construcción demoró tres años. Antonio dice que la cocina quedó chica pero supo alcanzar para todos. Cuando empezaron con la hostería, Katy se encargaba del desayuno, el almuerzo y la cena.

Antonio y su hija Adriana, hoy a cargo de la hosteríaLa construcción de la hostería demandó tres años

“Yo estaba terminando la escalera y entró un señor de unos 40 años. Se llamaba Ventura. Después me di cuenta que era ´buenaventura´. Fue nuestro primer huésped”, se ríe Antonio. El vínculo de los Kastelic con la familia Ventura se mantiene hasta la actualidad.

“Tenemos huéspedes de hace 52 años, que vienen todos los años. Varias generaciones. Antes el turismo era mucho más estático que ahora. Venían y pasaban medio mes o un mes acá. Y el día que se iban, ya tenían la reserva para el año siguiente”, cuenta Adriana, que nació en la hostería y se emociona al nombrar a decenas de visitantes que forjaron una relación de amistad con sus padres.

El salón de te de la hostería

“Nuestro slogan es ´Con alma de hogar´, porque eso es Katy. Muchos de los que venían siempre se terminaron construyendo una casa cerca. Y lo hacían estando alojados acá. Mi papá parecía San Pedro porque, en un momento, tenía todo un sector con llaves de todo el barrio. Katy también funciona como la estafeta postal del barrio, es muy lindo eso. Creo que fidelidad es una palabra que define bien a la hostería. Acá pesa más de medio siglo de historia, de trayectoria”, agrega ella.

Si bien hoy sólo sirven el desayuno a los huéspedes (salvo algunas excepciones), la gastronomía casera sigue siendo el distintivo y Adriana heredó el cucharón de su mamá. El lugar permanece abierto todo el año y resulta un rincón imperdible incluso para los que están de paso y disfrutan de las buenas historias.

Los frutales y rosales del parque enmarcan la hostería que se mantiene abierta todo el año

En el parque, los frutales, la huerta y las gallinas narran un legado imborrable. Puertas adentro, de las paredes de ciprés cuelgan detalles y recuerdos únicos. Las tallas en madera que hizo el padrino de Adriana, los manteles pintados a mano por una entrañable clienta, las jarras típicas de Eslovenia y el grabado que los hermanos de Antonio le regalaron para sus 90 con la fachada de su casa natal. Y en el sillón junto a la ventana, un hombre de casi 100 años sigue disfrutando de la hostería que representa más de la mitad de su vida.

Datos útiles

Hostería Katy

Av. Exequiel Bustillo km 24.300, R8409 San Carlos de Bariloche, Río Negro.

Teléfono: 0294 15-430-7991

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