
David Grohl, cabecilla de Foo Fighters, es un tipo que cae bien: la sonrisa del depresivo grunge. Son las 22 horas del miércoles. Grohl sale al escenario de Mad Cool desde un lateral, todo vestido de negro, melena al aire, barba algo canosa (son 57 años), muñequera en el brazo derecho; masca chicle. Rasguea la guitarra. Se mueve nervioso por todo el escenario. Aprieta el puño como si celebrase un gol y pone cara de euforia. “Estáis jodidamente preparados”, grita. Claro que lo están: la gente canta con él All My Life, el primer tema del concierto. Para introducir The Pretender mueve los brazos de un lado para el otro, de forma un poco lánguida, como si fuera un concierto de pop. Un espejismo porque esperan dos horas y 30 minutos de rock visceral, sudoroso y gremial, una advertencia para los que anuncian que esta cosa fabricada con guitarras y aullidos anda de capa caída. Cierto que el género no asoma entre lo más escuchado en las plataformas, pero en directo su vigor atrae a miles de personas. 57.000 acudieron anoche a un ritual rockero tantas veces vivido y siempre imposible de no dejarse arrastrar.






