
Nunca dejaba de sorprenderte cuando lo veías con ese aspecto seguro y poderoso, el rostro y la barba de corsario y las afirmaciones rotundas, provocadoras y hasta desafiantes, un Kropotkin o un Bakunin del teatro, y luego resultaba ser un pedazo de pan, un hombre amable, sentimental y amistoso, dialogante y bon vivant. Se ha muerto el viernes a los 84 años y saberlo producirá a muchos una honda tristeza el director, autor, gestor teatral y realizador audiovisual Ángel Alonso, el entrañable ácrata y agitador, personaje fundamental de la escena catalana, uno de los fundadores de la Sala Villarroel de Barcelona y largo tiempo responsable de la misma.





