
La aprobación de la fusión entre Telecom y Telefónica vino con una condición central: desprenderse de 6 millones de líneas móviles para forzar la aparición de un tercer operador. El problema es que, por escala, inversión y estructura del mercado, ese nuevo jugador luce hoy más como una hipótesis regulatoria que como un competidor real.
A 16 meses del anuncio de la operación por la cual Telecom adquirió a Telefónica en Argentina, el Tribunal de Defensa de la Competencia dio su veredicto. Aprobó la fusión, pero con una condición central: Telecom deberá ceder 6 millones de clientes de celulares —un tercio de los que tenía Movistar— a un nuevo competidor. El problema es que ese competidor, tal como está planteado el esquema, probablemente no exista.
Empecemos por lo más sensible: el negocio móvil. A diferencia de Internet fija, los celulares dependen del espectro radioeléctrico, un recurso limitado que no permite que compita cualquiera. Por eso la condición es estricta: quien se quede con esos 6 millones de clientes no podrá ser Claro (el otro gran jugador) sino que tiene que ser un actor nuevo. La intención del Gobierno es que el mercado mantenga tres operadores compitiendo a nivel nacional, cada uno con su propia red. El problema es que nada en el mercado actual sugiere que eso sea viable.
Hagamos números. Esos 6 millones de clientes equivalen a apenas el 10% de un mercado de poco más de 60 millones de líneas. Es muy poco frente al 50% que va a tener Telecom (Personal) tras la fusión con Movistar, y el 40% que tendrá Claro. Un operador que arranca con el 10% restante la tiene complicada: sólo puede crecer robándole clientes a los otros dos, lo que lo obligaría a entrar en una guerra de precios que difícilmente pueda sostener en sus primeros años. Y en celulares es muy fácil cambiarse de compañía sin perder el número, así que muchos de esos clientes “transferidos” podrían terminar yéndose si el nuevo dueño no inspira confianza o no ofrece algo mejor.
A eso hay que sumarle la inversión. El nuevo operador tiene que desplegar una red nacional en sólo tres años. Comprar la cartera de clientes ya le costaría un piso de US$ 300 millones. Pero después viene lo grande: miles de antenas conectadas entre sí, los sistemas para gestionar las comunicaciones y el espectro necesario para que todo funcione. Ahí ya no hablamos de cientos de millones, sino de miles de millones de dólares. La pregunta que queda en el aire es si existe alguien dispuesto a poner esa plata para entrar a pelear el 10% de un mercado que crece poco. Parece difícil que aparezca.
En Internet, la situación es distinta. Ahí puede haber más de un comprador. La empresa fusionada tendrá que ceder clientes en las localidades donde, tras la fusión, su participación supere el 50%: son 28 localidades de Buenos Aires, Mendoza, Neuquén, Río Negro y la Ciudad de Buenos Aires, con más de 200.000 abonados en total. En esos casos, los clientes a ceder serán los que hoy son de Movistar. Si el comprador ya tiene red propia, alcanza con transferirle la cartera de clientes; si no, también hay que darle la infraestructura de “última milla” (el tramo final que llega a cada casa). La excepción es CABA, donde la fibra óptica de Movistar se cede sí o sí, junto con sus clientes.
En todos los casos —fija y móvil— Telecom tiene 60 días para proponer compradores, y el Tribunal los aprobará o no según criterios técnicos y financieros. El plazo total para completar las desinversiones es de 18 meses, prorrogable a 24.
¿Por qué se llegó a esta situación tan tarde, 16 meses después del anuncio? Porque en Argentina todavía rige un sistema de control “ex post”: las autoridades revisan las fusiones después de que ya ocurrieron, no antes. La idea original era no trabar las operaciones con demoras burocráticas. Pero el resultado es que termina siendo más difícil ordenar algo que ya está hecho. Esto, igual, está por cambiar: en noviembre entra en vigencia un sistema “ex ante”, que obliga a las empresas a cumplir las condiciones antes de cerrar una operación. La fusión Telecom-Telefónica llegó antes de ese cambio, y eso explica buena parte de la complejidad actual.
Las reacciones a la decisión fueron dispares: para algunos fue blanda, para otros excesiva. Pero lo que importa de verdad es otra cosa: justamente en el segmento donde la competencia es estructuralmente más limitada —los celulares— la solución elegida tiene buenas chances de fracasar en el mediano plazo.
EC
El autor es analista del mercado de telecomunicaciones y nuevos medios.






