
La evocación de la novela que cambió para siempre el periodismo sirve como punto de partida para narrar otra historia excepcional ocurrida en Kansas: la de Lionel Messi, que con tres goles y una nueva exhibición confirmó que su leyenda ya pertenece tanto a la literatura de los grandes relatos como a la historia del fútbol.
Hace 60 años, Truman Capote, un genio de baja estatura y talento desbordante, publicaba A sangre fría, obra canónica cuya trama aborda un escalofriante asesinato de una familia en Kansas. El libro, cuyo éxito abrumaría al autor, marcó un antes y un después en la historia de la literatura, convirtiéndose en la pieza capital de lo que a partir de entonces se llamaría Nuevo Periodismo.
Anoche, a pocos kilómetros del lugar en el que ocurrió aquel crimen, Lionel Messi, otro genio de baja estatura, también hizo historia. No hubo sangre pero sí disparos. También hubo lágrimas y una sensación de goce generalizado, producto de un hombre que ha hecho del asombro una experiencia cotidiana y, al parecer, infinita. No, no hay gloria o condición alguna que abrume al jugador argentino, dispuesto a demostrar que la celebridad unánime o los picos alcanzados no son motivo para bajar la intensidad de su apetito.
Los tres goles de ayer –que pudieron ser cuatro o cinco– ante Argelia colocan al crack del Inter de Miami en una dimensión que supera lo racional. Al borde de los 39 años, jugando en una liga de segundo o tercer orden, el rosarino volvió a refutar a la física y a conmover a la opinión pública en la mayor cita planetaria. Ahora es, junto al alemán Klose, el máximo goleador de la historia de los torneos. Sus Mundiales ya son como la saga de Harry Potter: no se saben cuántos pueden ser, no se sabe cuál de todos es el mejor.
Hubo más de 20 mil argentinos anoche en Kansas, pero otro tanto de estadounidenses y de otros países que igualmente parecían argentinos, que vestían la camiseta del 10 y llegaron hasta aquí atraídos por su magnetismo. Se retiraron del estadio extasiados, en estado de trance hipnótico: habían presenciado algo único. La leyenda dice que cuando Georg Friedrich Wilhelm Hegel vio ingresar a Napoleón en Jena, su tierra, expresó: “He visto al espíritu montado a caballo”. Había sido testigo del mayor fenómeno de su tiempo. Los miles de norteamericanos que se dieron cita anoche en esta ciudad con alma de pueblo, en este enclave incrustado en el centro mismo de la América profunda –donde todo, su triunfo y su decadencia, es tan americano que sofoca–, vieron cabalgar a Messi ya no solo como un crack sino como un conquistador impenitente, un hombre que hace cada vez más grande su imperio.





