
En su reciente libro de relatos “El cuerpo roto”, la escritora ofrece doce textos que, narrados con complicidad y una mirada aguda, recorren escenas de enfermedad, dolor, cuidados y vulnerabilidad. Cómo fue narrar su propia experiencia con el cáncer y por qué cree que la muerte sigue siendo un gran tabú.
“El período entre el primer diagnóstico y el comienzo del tratamiento fue un tiempo extraño. Entré en un estado de euforia, no podía parar de hablar. Me sentía como un personaje de Jack London que avanzaba con su trineo sobre el hielo del Ártico (…). Mi marido, ahora, no solo estaba aterrado por mi enfermedad, sino por mi estado psíquico. Yo parecía feliz, me reía, hablaba sin parar, estaba viviendo una aventura extraordinaria”, dice la narradora de Un canto a la vida, de Ana María Shua. El texto, que recupera la propia experiencia de la autora cuando a los 50 años le diagnosticaron cáncer por primera vez, es uno de los doce relatos que integran El cuerpo roto (Páginas de Espuma, 2026), un libro en el que, entre la complicidad, la ironía y el filo, la escritora se dedica a desentrañar esa “aventura extraordinaria” que atraviesan los cuerpos cuando necesitan algún tipo de cuidado, desean, envejecen o se rompen.
Con texturas diferentes (hay historias en primera persona, cuentos repletos de términos técnicos, descripciones desopilantes, memorias que parecen desenredarse, materiales que después de muchos años recién ahora ven la luz) y un tono cómplice, al recorrer el libro se suceden historias protagonizadas por pacientes, médicos, familias, personas que deben cuidar a otras. Pero, lejos de ser solemne, Shua, que es una maestra de la observación de los vínculos, los exhibe en su desconcierto, frente al absurdo de la enfermedad o de la muerte; en sus maniobras ante lo inevitable, en sus gestos torpes y profundamente humanos.






