
Las multitudinarias convocatorias de los últimos meses –el funeral del Indio Solari, la defensa de la universidad o la marcha de Ni Una Menos– reabren una vieja historia nacional: la de las masas que ocupan el espacio público para disputar sentido, celebrar, protestar o llorar, y desafían los intentos de limitar esa tradición.
El histórico funeral del Indio Solari: La dicha no es una cosa alegre
Once años después, una multitud volvió a las calles para decir “basta de matarnos”
Sería muy fácil y muy inexacto afirmar que la historia de la movilización callejera en la Argentina comienza el 25 de mayo de 1810. La cantidad de convocados frente al Cabildo ese día no era demasiado importante, y la salida de Cisneros no la decidió la multitud, sino las negociaciones entre los notables y la amenaza militar de Saavedra. Es mucho más adecuado afirmar que la historia moderna argentina cambia bruscamente el 17 de octubre de 1945, cuando por primera vez la movilización de las masas obreras produce un efecto político. Un efecto doble, como ya es bien sabido: la liberación de Perón, por un lado, y la comprobación de que las masas en movimiento se constituían en un actor insoslayable, de allí en más. También es sabido que al impulso de sublevación le sigue el disciplinamiento: el peronismo ritualiza esa movilización inicial, para transformar en celebración lo que había sido impugnación. Fuera de ese corsé figura el acto del 22 de agosto de 1951, que rompe la ritualización: el diálogo de Eva Perón con las masas es un ejemplo único de que esa conversación podía existir, de que no era una ficción –la de “Perón escuchando al pueblo” – y que incluso intentó torcer una decisión que ya estaba tomada –el “renunciamiento” –. De todas maneras, en homenaje a la historia escolar, ese acto dio en llamarse “Cabildo Abierto”. Las masas también fueron buenos estudiantes de la escuela patria.






