
El vínculo del exgobernador con el joven empresario comenzó en los veranos de Punta del Este y se tradujo en contratos con el Estado provincial. Los despidos en el canal de streaming reavivaron preguntas que hacía tiempo circulaban por lo bajo en la política misionera.
Si de algo se encargó Carlos Rovira desde que supo hacerse con el poder absoluto en Misiones es de pasar desapercibido. Sobre todo, en Buenos Aires. Mientras otros caudillos provinciales no pudieron evitar ser el foco de los medios nacionales, el líder del hoy “caducado” Frente Renovador de la Concordia transitó el camino inverso, casi como un logro: ejercer el poder desde las sombras mientras administraba la política local con autonomía, sin convertirse jamás en un actor de la conversación pública porteña.
Esa estrategia comenzó a resquebrajarse en los últimos tiempos. Primero, por la rebelión policial de 2024. Un año después, por el affaire Ficha Limpia, que lo convirtió en tapa de Clarín y La Nación. Ahora, por las inéditas tensiones internas que empezaron a aflorar dentro de su fuerza política, pero también por la irrupción de un nombre que, hasta hace poco, pertenecía exclusivamente al mundo de los negocios: Augusto Marini.





