Cierra tus ojos y escucha

elDiarioAREl Diario Ar26/07/202616 Views

Algunas reacciones electroquímicas y las condiciones culturales para gozar o rechazar las músicas. Los sonidos que nos dominan y la emergencia de las creaciones periféricas.

Es 1974. Astor Piazzolla y Gerry Mulligan se reunen en Italia, para grabar el disco Reunión cumbre. El bandoneón del marplatense dialoga con el saxo barítono del soplador de viento norteamericano e interpretan una melodía con reminiscencias de tango moderno cruzada con jazz cool, que titulan Cierra tus ojos y escucha. Es un sonido de una profunda melancolía. Los músicos invitan a dejarse llevar dejando entre paréntesis todos los sentidos, a excepción de la audición. El corazón se abre, los conservadores se cierran.

El escritor de La Haya Michel Faber deja de lado la narrativa (Bajo la piel y El libro de las cosas nunca vistas, entre otros) y se adentra en los mecanismos que determinan cuál es la música que escuchamos y porque lo hacemos. El resultado es el libro Escucha, de Anagrama, con traducción de Mariano Peyrou.

Es un volumen ambicioso, un ensayo en el que conviven impresiones personales del autor con anécdotas y reflexiones sobre los distintos modos en que las audiencias se relacionan con la música, incluyendo los ruidos y las experiencias clásicas y de vanguardia. También, las conversaciones que el hombre nacido en 1960 y criado en Australia ha tenido con críticos, oyentes y psicoterapeutas que trabajan con composiciones instrumentales y cantos para sanar a sus pacientes.

En sus más de 500 páginas, nos damos cuenta de que no fue escrito para eruditos formados en el arte y la técnica sonora. Prácticamente no aparecen la teoría ni la arquitectura de las obras, el timbre, la textura, la combinación de las notas. Sí, la memoria afectiva y las vivencias disímiles de la escucha, según la historia personal del público, en un tiempo en que rara vez hay silencio.

Una de las preguntas que aparecen es ¿hay músicas mejores que otras? Por ejemplo, ¿es Bach “el supremo árbitro y legislador de la música? Según Faber, la celebración y el imperativo de normatividad de las obras cultas ”está entreverado con un elitismo engreído, con una arrogancia imperialista… e incluso con supremacismo blanco“. Es una postura discutible pero válida y aunque la ciencia exacta está fuertemente vinculada con la música, en el arte hay una impronta eminentemente subjetiva de la que carece la matemática. Y el canon es polémico, autoritario.

¿Y que ocurre con los niños? “Un adulto es capaz de emitir frases como: un riff de guitarra siniestro y acechante, aludiendo a la producción de Black Sabbath y el heavy metal. Suena más inteligente y definitivo que: Argh, vampiros”. ¿qué hay en la primera opinión que sea mejor que la de las infancias? Tal vez no una cuestión de apreciación, sino de diferencias lógicas de vocabulario, que limitan la expresión.

Cuando mis hijos adolescentes comenzaron a escuchar cumbia, me pregunté ¿qué había hecho mal en la educación que les dí? ¿Cómo era que yo detestaba un género que era capaz de transfigurar sus cuerpos en los de los bailarines más habilidosos?

No hay objetivamente algo que indique que determinadas músicas sean malas per se. Sí, prejuicios de clase y raza en cuanto a su origen y consumo. Cuando era joven, al interior de la música moderno, la disputa que existía era entre progresiva, para escuchar, (Yes, Pink, Floyd, el primer Genesis) y comercial, para bailar (Abba, Donna Summer, Bee Gees), que hoy rescatan muchos de sus primigenios atacantes.

Lo gustos musicales están moldeados por el entorno, por la cultura y por la pertenencia a determinada tribu. Pertenecer o no pertenecer, esa es la cuestión. El líder de un grupo puede dictaminar con arbitrariedad qué se debe escuchar. ¿“Ob-La- Di, Ob-La-Da” o “Number Nine”? ¿Lo alegre y sencillo o lo complejo y vanguardista? Hay quienes aman el sonido de los trenes o el trinar de los pájaros, otros se sienten excitados cuando una grúa se pone en marcha.

Como la magdalena de Proust, la cercanía asociada a un recuerdo nos emociona o nos irrita. The Beatles, Wolfgang Amadeus Mozart, Mercedes Sosa o Miles Davis tal vez no sean más que chispas en nuestros neurotransmisores. Cuando se daña el sistema operativo del cerebro, algunas músicas guardadas reaparecen y se sienten en las tripas, es como encontrar archivos extraviados.

En un asilo para ancianos, el viejo Henry está encorvado y perdido. Alguien conecta un IPod y pone temas de los años cuarenta. El hombre enciende la mirada y sus manos retorcidas se estiran para seguir el ritmo. En otra residencia, Orma se ha quedado muda hace un tiempo hasta que escucha una canción de Bing Crosby y se anima a hablar. Ambos, están “de vuelta”.

Con la llegada a América de los esclavos africanos, el blues, los negro spirituals y el jazz revolucionaron la música. Primero, los guardianes de turno la condenaron: eran sonidos de resistencia. Luego, la innovación tuvo un éxito general, aunque músicos y músicas sufrieron discriminaciones alarmantes.

En los últimos veinte, treinta años, composiciones de pueblos originarios fueron rescatadas por buceadores de las producciones no contaminadas por la industria. Leda Valladares, León Gieco, Gustavo Santaolalla lo hicieron por aquí. El gusto popular se abrió a nuevas formas estéticas. De todos modos, por una cuestión netamente política y económica, la música angloparlante sigue siendo la dominante. Hay que irse muy lejos para dejar de escucharla.

Desde orgasmos narrativos a lágrimas imparables, la música es capaz de generar buenas dosis de sensaciones. En la carrera de la protección auditiva, Robert Fripp increpado en Texas por un público demasiado cómodo que le pedía subir el volumen, contestó: “He oído una petición de un caballero que hay aquí para que toquemos más alto. Voy a hacer una sugerencia: si no tocamos lo bastante alto, señor ¡tal vez usted podría escuchar más atentamente?”.

No corro atrás de las novedades como me pasaba hace muchos años, sobre todo para participar de los intercambios amistosos con otros oyentes. Detesto las playlist porque considero que un disco es una obra integral y no me gusta escuchar fragmentos de ella. No hay como el folleto informativo que viene en un disco. Es una cuestión de gusto. Prefiero el cine a las plataformas. Sí, ya sé que éstas son más cómodas, pero no tienen ni el tamaño, ni la magia de una película en sala. Seré antigua, aunque mejor no juzgar(me).

Una voz de sirena susurra en el oído de Faber:

– ¿Por qué no escuchas lo que te apetezca escuchar en Spotify o Youtube?

Y responde:

-Porque internet desaparecerá cuando se derrumbe el capitalismo occidental.

Probable, pero intrascendente. Es probable que el capitalismo no se derrumbe mientras usted y yo estemos vivos. Y si sucede, tendremos actividades más importantes de las que ocuparnos que como escuchar nuestra música preferida.

LH/MF

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