Clínica de la separación

elDiarioAREl Diario Ar19/06/202617 Views

Nuestra época tiende a pensar la infancia desde la lógica de la crianza -lo que hay que dar al niño-, olvidando que educar también implica introducir la dimensión de lo que es preciso pedirle.

Nuestra época piensa a los niños desde la lactancia extendida, esto es, desde lo que hay que darles, como si no existiera el complejo de control de esfínteres, que plantea la cuestión desde lo que es preciso pedirles.

El complejo de lactancia se opone al de esfínteres como criar se opone a educar. A los niños es necesario criarlos y educarlos. Esto es obvio, o lo era hasta hace un tiempo. El punto que quiero destacar, respecto de la articulación de ambos complejos, es que en su bisagra se constituye la masturbación como actividad psíquica infantil.

Sigmund Freud insistió lo suficiente en cómo del pecho se pasa a los genitales. El problema es que cuando no se constituye adecuadamente el complejo de control de esfínteres, la masturbación permanece como pura excitación autoerótica, de la que el niño no considera que tiene que separarse (como de las heces).

Las madres de niñas y niños pequeños lo dicen: “No para, está frotándose todo el tiempo”. Esta etapa es algo normal, pero no puede extenderse indefinidamente, para eso está su articulación con el complejo de control de esfínteres (es sucio) y su posterior relación con la vergüenza (que no me vean).

En quienes no se dio este pasaje, la masturbación permanece como la fuerza pulsionante de sus acciones. Es lo que les ocurre a las personas que no se pueden quedar quietas, o que si tienen un minuto meten una actividad útil (como barrer o lavar) que con esta utilidad justifica su raíz erótica.

Estas personas hacen muchas cosas, pero no elaboran. Solo viven procesos de descarga, no pueden tolerar tensiones internas. Decir que son ansiosas es decir poco; decir que sus actos son compulsivos, es decir nada, si no se aclara que la compulsión tiene su origen en la masturbación.

Freud tiene una idea bellísima: los síntomas son equivalentes del acto sexual, las compulsiones son continuaciones de la masturbación. Todavía no sacamos todas las conclusiones que se desprenden de esta idea. Ni siquiera la entendemos.

Por su parte, a Jacques Lacan le gustaba decir que “el deseo es el deseo del Otro”. Sin embargo, esto no quiere decir que un deseo es idéntico al deseo del otro; entre la primera parte de la frase y la segunda, hay una pausa: “El deseo… es el deseo del Otro”.

Esto quiere decir que un deseo es la diferencia respecto de otro deseo. Lacan decía lo mismo cuando afirmaba que el deseo nace de una experiencia de separación. El deseo es el deseo que se separa (Lacan también decía “parirse”) del deseo del Otro.

Aclaremos: separarse del deseo del Otro no es sin ese deseo, esta es —por decirlo así— una separación en el interior del deseo del Otro. Ilustremos esto con un ejemplo sencillo, que permite continuar la articulación entre complejos.

Una mujer cuenta que su hijo, sin que ella supiera, usó su tarjeta de crédito para un juego. Ella estuvo muy bien: entendió que el niño no se lo quería pedir; porque si se lo pedía ella hubiera dicho que sí. El punto es que ella solo se enojó cuando le preguntó si había sido él y primero este lo negó.

Luego el niño lo reconoció y ella le dijo: “Yo puedo aceptar que quieras algo que yo no sepa, pero no que después no puedas responder por eso”.

Otro ejemplo es el de un joven que vive estudiando. Es un gran estudioso y va por la tercera carrera. Quizás está demasiado cómodo en la posición autoerótica de estudiante. No puede interrogar esa posición, porque lo deja muy bien instalado en relación a lo que el Otro espera.

Al estudiar, hace lo que le piden; es más, se molesta cuando un docente no expresa con claridad qué quiere y da demasiada libertad en la consigna. Definitivamente, no quiere encontrarse con ese intervalo —esa pausa— que puede haber entre lo esperado y lo que se produce.

En el primer ejemplo, un niño ya está convirtiéndose en sujeto de deseo, anudado separadamente a otro deseo; en el segundo, un neurótico rechaza obsesivamente que su deseo se efectúe como deseo del Otro.

El niño ya está destetándose, el joven permanece adherido a los residuos de saber que no quiere dejar ir. Ambos sufren de la dificultad para separarse.

LL/MF

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