
La presentación de Gustavo Cordera en una pequeña sala de Madrid reabre los recuerdos de una generación marcada por el menemismo, la crisis y el 2001. Un recorrido personal sobre cómo las canciones de Bersuit Vergarabat lograron capturar el desencanto, la esperanza y las contradicciones de una época y de la mirada sobre el propio músico.
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A fines de los años 90, cuando el menemismo —incluido ese fugaz periodo de marketing político y rolls de tataki— se retorcía en sus últimos suspiros, un grupo de rock se transformó en la banda de sonido de la época. Es cierto que hubo varias que conectaron con lo que sucedía, y que también escuchamos, pero ¿no fue Bersuit la que mejor interpretó el nivel de locura y degradación social al que asistíamos en ese angustiante cambio de siglo?
Recuerdo a mis amigos, muchos de ellos músicos, cantando sus letras en un descampado mientras tomábamos cajas de vino con Fanta o Sprite. Los fines de semana no íbamos al bar ni a una casa. Preferíamos un baldío, la oscuridad, casas en obra o en ruinas. ¿No queríamos desentonar con la precariedad reinante? O era, por el contrario, que de forma inconsciente empatizábamos con ese país que se estaba descomponiendo. El baúl de un auto abierto, las canciones de Bersuit sonaban en la noche y nosotros cantábamos.






