
De todas las combinaciones químicas que se producen en una persona cuando se pone frente a una obra de arte, hay una que, tal vez, en pocas ocasiones, siente ese espectador. Es el trámite emocional que ha tenido que superar un director de museo, una comisaria, una coordinadora de exposiciones o de conservación hasta conjugar lo deseable con lo verosímil. Es decir, para llegar a ese consenso interior por el que los profesionales asumirán que esa obra que iba a cerrar el relato de una exposición se quede ahí, en la lista de aspiraciones. Es en ese momento cuando la ciencia prevalece sobre algunas pasiones (también las políticas) porque la pieza, por decenas de razones, no ocupará el espacio en esa pared. “Es importante que el público entienda que un cuadro no se pide, se enrolla, se mete en una caja y viaja”, sentencia Estrella de Diego, historiadora del arte y comisaria. “Antes de presentar la lista final, el comisario debe tener claro lo probable, lo imposible y lo que, siendo un préstamo difícil, se puede intentar solicitar”.






